Soy Sofía, tengo 23 años y una bebecita de apenas 9 meses. Con mi marido nos fuimos a vivir en la casa de mis suegros, en Caaguazú, porque pensábamos que íbamos a estar mejor, que íbamos a ahorrar.
Pero la verdad, fue todo lo contrario. Desde el primer día ya me hicieron sentir como una extraña. Aclaro que antes vivíamos en alquiler, todo pasó cuando nació mi bebé.
Al principio trataba de aguantar, de hacer las cosas de la casa, cocinar, limpiar, atenderles a todos. Pero con mi hija tan chiquita no me daba el tiempo. Se despertaba a cada rato de madrugada, lloraba porque le estaban saliendo los dientitos, yo amanecía sin dormir.
Un día, por estar cuidando a mi nena, no pude hacer el almuerzo, porque estaba enfermita y re mamitis, solo le hice su sopita a ella así rapidito. Mi suegra se enojó de una manera que nunca me voy a olvidar. Me gritó frente a todos: “Si no sabés atender a tu marido y cocinar, entonces no servís para nada”. Asieté.
Humillada
Yo me quedé callada, con la bebé en brazos, sintiéndome humillada. Mi suegro también se metió, diciendo que en esa casa las mujeres tenían que trabajar y no andar “de haragana”, y que ambolayavai (le estoy mal acostumbrando) a mi bebé por tenerle en brazos. Eso me partió el alma. Ellos no saben lo que yo paso.
Lo que más me dolió fue que mi propio marido, en vez de ponerse de mi lado, se quedó callado. Después, en privado, me dijo que “aguante nomás”, que su mamá es así y que algún día las cosas iban a cambiar, que en algún momento, cuando podamos vamos a construir nuestra casita.
Pero yo ya no podía más. Una noche agarré a mi hijita, con lo poco que tenía, y me fui a la casa de una amiga que me abrió las puertas. Salí llorando, con miedo, pero también con alivio.
Y encima que ni siquiera me dejaron traer la ropita de mi hija. Todas sus cositas quedaron allá, como si yo no tuviera derecho a nada. Mi marido me llamó después, diciendo que vuelva, que su mamá ya se calmó, que él me necesita.
Yo le quiero, porque sé que es buena persona, pero le falta pantalones para defender a su familia, siempre se deja manejar por su mamá. Y yo ya no puedo vivir en ese ambiente donde me tratan mal, donde me hacen sentir menos.
Hoy estoy con mi bebé en la pieza prestada de mi amiga. A veces me desespero porque no sé qué va a pasar conmigo. Ella me compró algunas ropitas también, mientras yo estoy viendo si puedo salir a vender cosas con mi bebé. Le amo a mi marido, pero tengo miedo de volver y que todo sea lo mismo ¿Qué piensa?
La respuesta: