Hola soy Aramí. Licenciada, necesito un consejo porque estoy a punto de hacer algo de lo que después me voy a arrepentir.
A mi me está por volver loca mi suegra. Es súper intensa, insoportable. Ya sé que como cristianos tenemos que amar a las suegras, pero por Dios, esta señora no se hace querer.
Desde que me casé con su hijo siento que está compitiendo conmigo por quién cocina mejor. Y no es una idea mía. Ella misma empezó la guerra.
Cada vez que hacemos un almuerzo familiar aparece con una olla enorme, donde trae su tallarín recién hecho, cuando sabe que yo iba a cocinar porque eran invitados en mi casa.
Una vez pasó que hice abundante tallarín y me preguntó qué iba a hacer yo, le dije qué era. Y un rato después le dice a mi hijo que preparó el tallarín casero que a él tanto le gusta, que solo por él hizo, que va a enojarse si no acepta.
Lo peor es que nunca prueba mi comida sin hacer algún comentario. Si preparo sopa paraguaya, dice que está muy seca. Si hago vori vori, asegura que le falta sal, o sino que demasiado ya me pasé con la sal. Y pasa cuando realmente no es así.
Parece que nunca le voy a dar el gusto, pero no es porque realmente no le guste, es que ella compite conmigo. Luego empieza a decir que a su hijo le gusta el que ella hace porque ella tiene un secreto para tal comida, pero que no va a contar y se ríe.
Lo que sí me molesta mucho es que cuando le pregunta a mi marido “verdad que sí”? cuando ella da un comentario sobre el sabor de la comida, él no es capaz de defenderme y decir que no, que a él le gusta, dice ‘sí está un poco salado, sí está un poco dulce’, pero entiendo que es para no llevarle la contra nomás.
Le defiende
Él siempre dice que su mamá es buena, que no tengo que tomar mal sus comentarios, que ella siempre nomás luego fue así.
Pero curiosamente, cuando yo le digo que la carne que hizo su mamá quedó dura, él le defiende.
Ya estoy cansada de que cada almuerzo familiar parezca una competencia de cocina donde yo siempre soy la participante eliminada.
Hasta mis cuñados hacen bromas diciendo: “A ver quién gana hoy, la suegra o la nuera”. Todos se ríen, menos yo.
Estoy pensando seriamente en dejar de cocinar cuando haya reuniones familiares, que cada uno se vea. Total, haga lo que haga siempre encuentra que le falta sal, que sobra azúcar o que su receta es mejor ¿Qué pensás de todo eso?
La respuesta:
Aramí, lo primero que quiero decirte es que lo que te duele no es que critiquen un plato de comida. Lo que duele es sentir que, en tu propia casa, tenés que competir por un lugar que ya te corresponde: el de esposa y dueña de tu hogar.
Muchas veces algunas suegras viven con dificultad el cambio de rol cuando un hijo forma su propia familia. Sin darse cuenta, pueden intentar seguir ocupando el lugar de “la que mejor lo conoce” o “la que mejor lo cuida”. En tu caso, por lo que contás, parece que la cocina se convirtió en el escenario donde esa competencia se expresa.
Sin embargo, el problema más importante no es la comida, sino que tu marido no está marcando límites. No significa que deba enfrentarse a su mamá o faltarle el respeto, pero sí puede validar tu esfuerzo y evitar alimentar una situación que te hace sentir desvalorizada. Cuando una pareja no establece límites sanos con la familia de origen, es frecuente que aparezcan este tipo de conflictos.
Mi consejo no es que dejes de cocinar por enojo, porque eso sería permitir que ella gane un espacio que no le corresponde. Cociná si realmente lo disfrutás, no para demostrar que sos mejor que nadie. Y hablá con tu esposo en un momento de calma, explicándole que no necesitás que elija entre vos y su mamá, sino que te haga sentir acompañada y respetada.
También puede ayudarte dejar de entrar en la competencia. Si ella dice que su receta es mejor, no necesitás demostrar lo contrario. Quien está seguro de su valor no necesita ganar todas las discusiones. Poné límites con educación, conservá tu tranquilidad y recordá que una familia sana no debería convertir cada almuerzo en un concurso.
Al final, la pregunta no es quién cocina mejor. La verdadera pregunta es si en esa familia existe el respeto suficiente para que todos puedan compartir la mesa sin humillar ni competir.