Me llamo Aurelio. Tengo 33 años. Cuando me casé con Laura, su mamá era la más calidá conmigo. “Sos un buen chico”, me decía, y hasta me servía doble porción en el almuerzo de los domingos. Yo me sentía parte de la familia. Pero eso cambió con los años, principalmente después de que me casé con su hija. De ser tan buena y amable, pasó a ser como mi mayor enemiga.
Soy repartidor desde hace cuatro años. No es el trabajo de mis sueños, pero es un trabajo honesto. Me levanto temprano, haga frío o calor, y vuelvo a casa cansado, pero tranquilo porque sé que el pan que llevamos a la mesa es fruto de mi esfuerzo.
Terminé el colegio con buenas notas y siempre quise estudiar en la facultad. Me gustaba la administración, soñaba con tener mi propio negocio algún día. Pero en casa no había plata. Mi papá se enfermó y tuve que salir a trabajar. La facultad quedó en pausa… y después la vida siguió.
Ideas
El problema no es el trabajo. El problema es mi suegra. Desde hace un tiempo, cada vez que puede le mete ideas en la cabeza a Laura. Le dice que así no vamos a salir adelante, que siendo repartidor nunca vamos a progresar.
Que ella “debió casarse con un tipo con estudios”, con alguien “que le dé estabilidad de verdad”. Y lo peor es que no dice delante de mí. Espera a que yo me vaya. Y siempre le dice que creía que yo iba a llegar más lejos, que iba a terminar de estudiar, que le desilusioné.
Después Laura vuelve distinta. Me mira raro y ahí yo ya pillo que está la mano de su mamá en medio. Me pregunta si no pienso “hacer algo más”. Yo sé que esas palabras no nacen de ella. Antes me apoyaba, me decía que estaba orgullosa de mi esfuerzo. Ahora duda mucho, y sé que son cosas que le mete su mamá en la cabeza.
Lo que más me lastima es la doble cara. Porque cuando estoy presente, mi suegra me trata bien. Me ofrece mate, me pregunta cómo estuvo el día, ya no es como antes que yo era “su yerno favorito”, pero me habla normal. Pero sé que por detrás habla mal de mí. Sé que repite que no soy suficiente, que su hija merece algo mejor.
Yo no soy un profesional con título, es cierto. No pude seguir la facultad por una cuestión económica, no por falta de ganas. Y todavía sueño con estudiar, con crecer. Pero también creo que la dignidad no la da un diploma, sino el esfuerzo diario. No sé hasta cuándo más pueda aguantar, pero ya me cansa esto ¿Qué piensa?
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