Me llamo Tamara, tengo 31 años y hay historias que, aunque uno siga viviendo, nunca se terminan de cerrar.
Nunca olvidé a mi primer novio. Fue mi primer amor, el que llegó cuando recién salíamos del colegio. Anduvimos dos años, después la vida hizo lo suyo. Él se mudó con sus padres a otro país y al principio nos llamábamos seguido. Pero con el tiempo las llamadas se hicieron menos frecuentes, los mensajes se espaciaron y un día, sin peleas ni despedidas, dejamos de saber el uno del otro.
Pasaron los años. Él quedó guardado en un rincón de mi memoria, intacto, como suelen quedar los primeros amores.
Hasta que un día recibí una solicitud en Instagram. Era Álvaro. Mi corazón lo reconoció antes que mi cabeza. Empezamos a hablar por la red social, primero con cautela, después con confianza. Fueron varios días hasta que me pidió mi número y seguimos por WhatsApp.
El gran encuentro
Todo parecía acomodarse solo: estaba soltero, no tenía hijos y había vuelto a Paraguay.
Nuestras conversaciones se volvieron parte de mi rutina. Me escribía todos los días, estaba atento a mis horarios, a mis estados de ánimo. Incluso llegó a enviarme canastas de desayuno y flores a mi trabajo. Pasaron dos meses de llamadas, mensajes, risas nocturnas y recuerdos compartidos.
Él viajó hasta mi ciudad y pasamos un fin de semana juntos. Álvaro no era exactamente como en sus fotos. Estaba muy flaco, su piel se veía castigada y su rostro tenía arrugas que no coincidían con su edad. Yo lo noté, aunque no dije nada.
Me confesó que fue adicto a las drogas. Que hubo años en los que se perdió por completo en el consumo. Que tocó fondo. Que con ayuda de la religión decidió cambiar. Se internó en un centro de rehabilitación y estuvo un año en tratamiento. Hoy dice estar recuperado, limpio desde hace dos años, trabajando nuevamente en las empresas de su papá.
Escuché todo en silencio. No sentí rechazo, pero tampoco tranquilidad. El hombre frente a mí ya no era aquel chico del colegio. El tiempo y los problemas pasaron fuerte por su vida… y yo también cargo lo mío.
Antes de irse, me pidió que seamos novios. Le dije que necesitaba pensarlo.
Y acá estoy. Con el corazón revuelto. Preguntándome si debo darle una oportunidad a alguien que dice estar dejando las drogas. Él me asegura que está bien, que cambió, pero no sé si creerle. No sé si estoy preparada. ¿Debería darle una oportunidad o escuchar ese miedo que no me deja dormir tranquila?