Rosa Quiñónez llamó un remis (taxi) y pidió al chofer que la lleve a la comisaría. Su amiga, la esposa del carnicero de Virreyes, partido de San Fernando, le convenció de que se entregue. Le prestó una remera para que se cambie la que llevaba, manchada con sangre de su exmarido.
Ambas fueron hasta la sede policial de mujeres de esa zona bonaerense. Tres horas después de degollar a Héctor Nicolás López, de 44 años, la paraguaya de 49 se entregó.
La mañana del jueves la policía la buscaba en cada rincón luego de que el hijo de ambos, Ariel López (19), reportara el crimen. Mientras, ella se escondía en una casa a la vuelta del lugar.
A las 7:00, el joven se levantó al oír un golpazo. Era su papá que tambaleó tratando de abrir la puerta de su pieza para pedir auxilio, pero cayó y murió. “Abrí la puerta y vi a mi papá bañado en sangre”, dijo a las autoridades.
Rosa no dio muchas vueltas. Enseguida confesó el homicidio y dijo, “me cansé y lo maté”.
Su versión despertó especulaciones sobre la posibilidad de que fuera víctima de episodios de violencia, pero el propio Ariel dijo que la noche anterior se habían ido a la cama sin discutir.
Ya estaban separados
Héctor vivía con Ariel en la capital federal y ambos laburaban de chefs. De todas formas, tenían una buena relación y como el jueves iban a hacer un trámite, quedaron a dormir en casa de Rosa.
Sin embargo, al parecer, Rosa mantenía viva la esperanza de que volvieran a ser una familia, pero ella escuchó rumores de que Héctor tenía otra y le encaró.
Esa madrugada, supuestamente, él le confirmó la información. Daniela, su vecina, contó a los medios argentinos que la mujer era celosa y posesiva, y de más carácter que el exesposo.
“En defensa propia no va a ser”, refirió la vecina quien reveló, además, que la autora tenía dos cuchillos en la habitación. Uno de ellos levantó Criminalística lleno de sangre, el otro, escondido entre el somier y la base.