Hola Diario Extra, soy Diana, de Villa Elisa, y me animo a escribirles porque estoy viviendo una situación que me angustia mucho y no sé cómo manejarla sin sentir culpa.
Hace casi un año llegó a nuestra capilla un pa’i nuevo, que se llama César.
Desde que pisó la iglesia se ganó el cariño de todos porque es joven, cercano, carismático y tiene una forma muy especial de conectar con la gente, sobre todo con los jóvenes. Muchos volvieron a la iglesia gracias a su manera sencilla y moderna de transmitir la palabra de Dios.
Yo soy catequista, y por ese motivo trabajamos muy de cerca en la formación religiosa de niños, jóvenes y familias. Compartimos reuniones, actividades pastorales y momentos de servicio a la comunidad.
En ese contexto nació una amistad sana, basada en el respeto y en el trabajo por la fe. Sin embargo, con el paso de los meses empecé a sentirme diferente.
Al principio pensé que era solo admiración, porque realmente lo considero un gran hombre de Dios y un buen sacerdote. Pero poco a poco me di cuenta de que mis sentimientos fueron cambiando y que comencé a verlo también como hombre, no solo como guía espiritual.
Siente culpa
Eso me generó una pelea mental muy fuerte. Empecé a cuestionarme si estaba mal, si era pecado, si estaba fallando a mis valores. A veces me pregunto si no estoy malinterpretando sus gestos amables o su forma de ser cordial con todos.
Hubo una situación en particular que me marcó mucho. Una vez me dijo que, si no fuera sacerdote, tranquilamente podría ser “de su tipo”.
Desde ese día, no dejo de pensar en esa frase. Hoy esta situación me tiene muy atormentada. Me siento dividida entre lo que siento y lo que creo que está bien.
Siento que estoy faltando a la moral y que, de alguna manera, también le estoy fallando a Dios y a mi compromiso con la Iglesia.
Me duele pensar en todo esto, porque nunca fue mi intención pasar un límite. Necesito que me ayuden a decidir si lo mejor es hablar con él para aclarar las cosas y sacarme este peso del corazón, o callarme nomás y hacer como si nada pasara, esperando que el tiempo apague estos sentimientos.
Solo sé que ya no estoy en paz y necesito una orientación. Gracias por dar espacio a este tipo de historias, porque sé que no soy la única que pasa por cosas así y muchas veces no se anima a hablar.
La respuesta de la Lic. Paola Zapata:
La recomendación es tomar distancia a nivel afectivo, aun cuando se continúe cumpliendo el rol de catequista, evitando espacios de intimidad o conversaciones personales que puedan generar confusión.
Estos sentimientos deberían trabajarse de manera interna, preferentemente con acompañamiento terapéutico o espiritual, para comprender qué necesidad emocional se está activando.
Hablar con él solo sería aconsejable si el objetivo es establecer límites claros y no para expresar sentimientos o buscar respuestas afectivas, ya que muchas veces el verdadero acto de amor y de fe es saber retirarse a tiempo.
Dios no pide perfección, sino honestidad con uno mismo, y cuidarse también es una forma de fe, porque cuando las emociones se ordenan, la paz vuelve.