@santula Hace unas semanas tuve la ocasión de compartir en Washington una mesa redonda con periodistas de América Latina, sobre la Agenda 2030 de la ONU para el Desarrollo Sostenible. El documento establece 17 objetivos y 169 metas anexas, que engloban el aspecto social, económico y ambiental donde los Estados firmantes se comprometen a implementar políticas públicas en consonancia con la agenda, para los próximos 15 años.
La resolución habla de “poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo de aquí a 2030, a combatir las desigualdades dentro de los países y entre ellos, a construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, a proteger los derechos humanos y promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, y a garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales”.
Solo al debatir sus dos primeros objetivos, los 9 periodistas que fuimos parte del evento ya nos mirábamos incrédulos: Fin de la pobreza y hambre cero. Es inicialmente utópico pensar que países subdesarrollados puedan lograr estas metas. Entonces, ¿sirve un documento como este? Para mí la respuesta es sí. Sirve porque en particular Paraguay es un país donde hace mucho tiempo perdimos el hábito de preguntar a los candidatos sobre propuestas y planes de gobierno.
Imaginen que hoy tenemos a un Presidente de la República que llegó sin que ninguno de nosotros sepa con precisión qué pretendía hacer desde el poder. Quizá hoy el único parámetro que tenemos para medirlo es lo que firmó ante organismos internacionales.
Estamos a muy poco tiempo de elegir intendentes y hasta ahora no hemos debatido sobre lo que quieren hacer. Menos encuestas y más propuestas. Necesitamos madurar como sociedad y entender que los tiempos nos obligan a comparar candidatos por su contenido y no por que tanto dinero reparten en el día D.
Es hora de dejar entender en gran medida que el éxito o el fracaso de los gobiernos tiene que ver con la manera de elegir de sus habitantes o la manera de controlarlos.