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Una vida por G. 30.000

Es obligación del Estado garantizar que los derechos de todos sean cumplidos.

Tania Sosa Caniza Por Tania Sosa Caniza

Treinta años de su vida don Juan Rodríguez no hizo más que trabajar en una estancia. Sin estudios, sin saber leer ni escribir, dedicó su vida a la estancia Yverá (Chaco Paraguayo). Desde muy pequeño se dedicó a los trabajos del campo y así formó su familia ganando un mísero salario de G. 30.000 al mes.

No, no es una exageración. El prójimo de 75 años ganaba cuatro dólares y medio. Sus empleadores creyeron que dejándolo construir una casita de madera en sus tierras para criar a sus hijos y nietos, ya le hacía un “favor”. Ahora, enfermo y sin poder haber hecho estudiar a su familia, ni siquiera recibirá jubilación.

Me gustaría decir que este es un insólito caso que no ocurre en nuestro país, pero por desgracia, lo es. Hay miles de trabajadores que laburan bajo esta condición, el de esclavitud, porque no hay otra descripción para tan inhumano trato hacia un trabajador.

A veces leemos en redes sociales que las empleadas domésticas deben “agradecer” tener techo y comida. ¡Hermano!, las tenés trabajando 24 horas.

Es obligación del Estado garantizar que los derechos de todos sean cumplidos y, más aún, que la historia de don Juan no sea una más de las frías estadísticas.

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