@santula Nuestras cárceles no son otra cosa que el reflejo de cómo ve la sociedad paraguaya en general, la finalidad de la reclusión. En nuestra manera de pensar todavía rige aquello del castigo y en las peores condiciones, para aquellos que delinquieron y que tuvieron alguna falta con la ley.
Si de nosotros dependiera, las cárceles deberían ser lugares de castigos, trabajos forzosos y grilletes. Sin embargo, el artículo 5.6 de la Convención Americana de Derechos Humanos establece que: “Las penas privativas de la libertad tendrán como finalidad esencial la reforma y la readaptación social de los condenados”.
La misma Corte Interamericana de Derechos Humanos en un análisis hecho a nuestro país tomó en consideración que el Estado no adoptó las medidas de prevención necesarias, para enfrentar la posibilidad de un incendio cuando Panchito López ardió en llamas, a pesar de las advertencias de distintas organizaciones y organismos internacionales.
Este recinto, que no fue construido originalmente para ser un centro de reclusión, no contaba con alarmas ni extinguidores de incendio y el personal de seguridad no estaba capacitado para enfrentar a este tipo de emergencias. A pesar de la sanción internacional nada cambió y el viernes último Tacumbú, la llamada de manera recurrente “bomba de tiempo” vio morir entre el fuego a 5 reclusos y a 1 guardia.
El solo mirar el presente nos hace ignorar u olvidar que quienes creemos tienen que cumplir condenas en condiciones infrahumanas, en mayor o menor tiempo volverán a las calles. Quienes entraron por robar gallinas saldrán cargados de resentimiento, odio, rabia y técnicas suficientes para reincidir de una peor manera.
Es hora de hacernos cargo de nuestros prejuicios y entender el daño que hacemos a toda la sociedad al mirar los acontecimientos desde las emociones y de manera limitada. Necesitamos que las cárceles sean verdaderos centros de rehabilitación social y que sus reclusos salgan de ahí habiendo aprendido la lección y no cargados de resentimiento.