@diegopyo De la carrera de Comunicación, de la Facultad de Filosofía, de la Universidad Nacional de Asunción, ha salido un joven talentoso que se ingenia la manera de pagar su costosa tesis para concluir sus estudios profesionales. Se llama Hugo Giuber. Es de Capiatá. Proviene de una familia humilde y emprendedora.
Como estudiante fue aplicado, sobresaliente, responsable y participativo. Su historia es digna de publicarla porque como él, muchos jóvenes sin trabajo formal inventan algo a través de su talento para generar el sustento diario para la casa y para cubrir los gastos que demanda la universidad.
De acuerdo a Hugo Giuber, esperanzado en cubrir el presupuesto que necesita, “cuando uno quiere trabajar, no existen barreras. El que no quiere trabajar inventa excusas. Yo hago pastafloras para pagar la tesis”. Tener una meta es saludable y admirable, más aún en una era en la que todo se consigue de manera rápida y casi sin proceso de aprendizaje. Para lograr su propósito, Hugo Giuber prepara sus creativos productos de madrugada, una vez terminados va a la calle de mañana y tarde a venderlos.
Algunos clientes ya lo conocen porque suele estar ubicado en Ruta I, kilómetro 18. Caminando llega hasta San Lorenzo donde también oferta su producción. En varios lugares dejó su currículum para conseguir un empleo formal. Sin embargo, hasta hoy se quedó con la repetida frase: “Cuando haya un puesto lo vamos a llamar”. Nunca lo llamaron. No obstante, nunca se desanimó. Por el contrario, siguió adelante.
Este dinámico universitario no solo prepara las ricas masas, las vende, sin descuidar el estudio. En una sociedad de lo efímero, el joven es una joya que cualquier empresa debería contar en su staff de personal. Hugo Giuber no tiene padrino político. Es solo un joven dotado de honestidad, de espíritu de servicio, unido de sus conocimientos universitarios y de una voluntad incorruptible de aprender.
La insuficiente cantidad de empleos en el país, la obligación de preparar la tesis para la facultad y el deseo de superación, le forjaron su mejor virtud: la autogestión.