@diegomarini Al periodismo y al oficio del periodista le han pronosticado la muerte un montón de veces. No es raro. Cuando apareció la televisión, ni un minuto tardaron los visionarios de parcas en decir que el cine tendría las horas contadas; sin embargo sobrevivió, de ese embate y de otros, como los que le han dado luego los vídeos hogareños y la tecnología dvd.
Le ha pasado también a la radio: cualquier invento posterior llega con el anuncio de ser el radio killer. Pese a todos los vaticinios, la radio continúa batallando y hasta de quien se consideró sería su verdugo final, internet, finalmente se convirtió en un poderoso aliado y hoy amplificó las señales con programas, aplicaciones y transmisiones on line que a los radialistas nos permiten recibir mensajes de todo el mundo.
Se pensó que la cuestión de dotar de herramientas de comunicación masiva a toda la ciudadanía sería una estocada letal para los periodistas; hasta ahora lo que ha pasado, es que se ha creado una nueva forma de comunicación, una nueva forma de periodismo, que no significó hasta ahora ningún entierro sino por el contrario, ocasionó una multiplicación de formas, estilos y hasta una democratización del oficio.
Ese aleph borgiano de informaciones, leyendas y noticias ha potenciado al comunicador, en la necesidad de la confirmación de ciertos datos que circulan, principalmente en las redes sociales, y que precisan de la voz del periodista para desmentir, confirmar o poner en contexto un sinnúmero de muertes, fenómenos extraños, animales mitológicos en carreteras, invasiones alienígenas y los disparates más (in) verosímiles que a alguien se les pudieran ocurrir. Esto no significa un poder absoluto para el comunicador, representa un gran compromiso, ya que la responsabilidad del desmentido o la confirmación cae nuevamente y pese a todos los mega datos, luces y fanfarrias que circulan por el mundo, en el viejo oficio periodístico.