@marianonin1 Una mujer enfrentó a un doctor en el Hospital de Clínicas. A los gritos le pedía al médico que le consiga una terapia intensiva para su hermana. Ante esa situación lo que se siente es indescriptible. Impotencia. Rabia. Dolor, mucho dolor. El médico, sin culpa ni pena, ensayó una reacción tímida para justificar lo injustificable.
En verdad, el sistema ya estaba condenando a muerte a la mujer. Es la realidad que se vive en la salud pública, colmada de buenas intenciones, pero malas administraciones. Para poco más de 7.000.000 de habitantes la red asistencial pública solo cuenta con 188 camas de terapia intensiva y 57 de terapia intermedia. Pueden ser poco más, o poco menos, pero la realidad seguirá matando gente sin importar la condición.
El colapso no es nuevo, ni plantea una solución a corto plazo. Es otra de las formas en las que se desnuda que la corrupción mata… literalmente. La mujer no pudo salvar a su hermana. Horas después se declaraba su muerte.
Pero no es la única deficiencia del sistema. Mientras esta historia se desarrollaba dentro del hospital, en la calle, carteles en mano, alumnos de Medicina de la Universidad Nacional, pedían dinero a los automovilistas que se detenían frente al semáforo de Mariscal López, allí… en la puerta del centro de salud. No era para comer ni estudiar. Era para comprar insumos con los que el hospital ya no cuenta. Las cirugías programadas ya se habían suspendido por ese mismo motivo: la falta de elementos.
Para entonces, ya había renunciado el decano Aníbal Peris acosado por denuncias de corrupción. Estaba en la vidriera, y no es para menos, la Facultad de Ciencias Médicas y el Hospital de Clínicas absorben más del 50% de todo el presupuesto de la Universidad Nacional.
En uno de los carteles que los chicos tenían en sus manos decía: NOS ROBARON TANTO QUE YA NO HAY INSUMOS… y me quede pensando. Nos robaron tanto. Nos robaron tanto.