07 feb. 2026

No era combustible. Era salud.

@marianonin1 @marianonin1

Petropar denunció. Cuando la policía quiso poner paños fríos ya era tarde. Se había filtrado a la prensa y el escándalo cayó como piezas de dominó.

La primera investigación arrojó una suma millonaria. Con 186 tarjetas magnéticas se habían defraudado más de 1.100 millones de guaraníes en un mes. En un solo rubro: combustibles. Las miradas apuntaron a Roberto Osorio, un suboficial de la oficina de tesorería. A partir de allí todo se precipitó.

La ostentación reveló que el policía llevaba un altísimo nivel de vida. Casas de verano, vehículos dignos de una película de gansters, fotos de fiestas y todas esas cosas que, como mínimo, elevan la sospecha. De allí comenzaron a rodar cabezas. Comisarios, playeros, esposas que hacían la vista gorda y hasta el comandante y el subcomandante de la policía. Y más revelaciones de un bochornoso lujo policial. En estos casos siempre alguien tiene que caer.

Lo peor es que no es nuevo. Bueno. Es el primer Comandante investigado por corrupción, pero el hecho en sí se repite, incluso dentro de la policía en otros rubros, con otras caras pero con el mismo dinero: el nuestro.

La corrupción pública goza de buena salud. Basta con mirar la casa de mi vecino, o del tuyo. Con sólo una ojeada podemos darnos cuenta de que es imposible con un salario oficial. Osorio tiene hoy miles de caras en todo el país. Con los mismos vicios pero con más impunidad y un mismo defecto: la ostentación.

El mismo día que estallaba el escándalo moría un chico por falta de terapia. Un poco más lejos ejecutaban a un comerciante en plena calle y a una nena le robaban el celular al salir del colegio. Esa es la cuestión. No es la corrupción en sí, sino como nos afecta. Cuando un funcionario público roba dinero no son sólo billetes. Es salud, es seguridad, es educación. Nos roba el país que todos soñamos.