@augusto2s El inolvidable Henry Kissinger, tenía una frase genial, decía: “La tentación de América es creer que la política exterior es una subdivisión de la psiquiatría.” Cabe agregar una frase poco conocida - y solo recogida por sus amigos – de Celso Amorín, exjerarca de Itamarati, quien decía: “Yo no soy paranoico pero tengo todo el derecho del mundo a pensar que alguien me está persiguiendo”.
Si tuviéramos que hacer un podio de las razones que mueven al mundo tendríamos arriba la economía, el amor y los miedos. Lo último tiene directa relación con el “futurible” que más produjo el hombre desde el día en que empezó su carrera con obstáculos contra los dinosaurios: la sobrevivencia.
Juntando las tres ideas, economía (o conciencia del manejo de los recursos), amor (o razón por la que tomar riesgos y cerrar los ojos) y miedo (o razones por las cuales abrir tales ojos, de tanto en tanto) el hombre hizo su histórico rally desde el paleolítico hasta hoy.
Los miedos se convirtieron no solo en herramientas de sobrevivencia sino también de control, dominación y preeminencia. Más que nada, en estos tiempos de redes e incidencia instantánea de los mensajes, el miedo es una fórmula prodigiosa para doblegar lo que valores brillantes como la democracia promueven: la libertad individual.
El miedo provoca homogeneización, aúna, refugia a los colectivos y los convierte en presa fácil de las mejores instalaciones del mundo post moderno.
El miedo provoca que en Europa los neonazis enseñen sus narices de tanto para lo mismo que lo enseñan los fantasmas del KKK en los Estados Unidos: condenar razas y pensamientos. El miedo entretiene a masas enteras de ciudadanos latinoamericanos, prendidos al televisor frente a los noticieros parapoliciales de sangre, mientras la mala política va consumiendo el futuro de la región.
El miedo marca nuevos territorios en el mundo entero, allí donde en 1989, creíamos que el simbolismo de un muro caído ya garantizaba una humanidad en paz. Sencillamente el miedo no puede morir porque el poder lo necesita. Aún llevará quizás varias generaciones para que el saber acumulado de épocas desactive esa enzima que morando en el maravilloso universo de nuestro ser ordena temer y refugiarse de inmediato en un liderazgo manipulador.