@augusto2s La celebración del día del periodista nos trae la memoria de la muerte de los compañeros que– por cierto- interpela profundamente, y aún sin respuestas, al poder desde Santiago Leguizamón (1991) hasta Pablo Medina ( 2014). Sin embargo, existen otros dramas en la vida cotidiana del trabajador de prensa y sus condiciones laborales que merecen también una atención en un día como éste. La precarización laboral es uno de ellos. En la capital y el interior los trabajadores de la comunicación están cada vez más lejos de tomar parte de procesos laborales serios, ligándole en la mayoría de los casos con contratos precarios en su estabilidad. Aún peor, en muchas radios, apenas desde acuerdos de pago con cesión de avisos publicitarios, lo cual a su vez los somete a una gran dependencia económica de sus propias fuentes.
Otro aspecto que merece especial atención es la calidad estética y formal de un producto altamente ético como es la información. Los deprimidos niveles de autoformación y la deficiencias de las escuelas de periodismo entrega sucesivas remesas de jóvenes que deben someterse a un mercado laboral hostil con pocas armas teóricas y escaso entrenamiento específico. No deja de ser importante el riesgo a la seguridad de los compañeros periodistas en las zonas dominadas por las mafias, en muchos casos a consecuencia de sus denuncias contra el narcotráfico o la narco- política y en otros casos porque los propios dueños de las radios aparecen como peligrosamente próximos a los Carteles lo que ubica – a los periodistas- en el ojo de la tormenta. A nivel de central ya tiene años –también– la demanda de un fortalecimiento de los niveles de agremiación de los periodistas que al parecer dividen su opinión entre su interés o negativa de integrar el emblemático sindicato de periodistas existente, a consecuencia de “miradas distintas”, como si – justamente –no fuera el periodismo un oficio que promueve la pluralidad. Por tanto, unos y otros nos aplazamos en este punto.
Todo conduce al principal problema del periodismo nacional: la ausencia de autocrítica, que puede tener diversas explicaciones, pero una sola consecuencia: las dificultades para diagnosticar sus errores y – por ende- enmendarlos.