@uruser Creo firmemente que lo más grave que vive el ser humano de estos tiempos no es la corrupción, la malversación, los robos, asaltos, crímenes y todo lo que ustedes quieran agregar: es la desconfianza, ese bichito cruel e insidioso que se nos ha metido.
Desconfiamos de todo: de los políticos, de los empresarios y de los curas. Desconfiamos del periodista que nos dice las cosas, y también del que no las dice. Desconfiamos de la composición y el precio de los productos del supermercado, y sospechamos que los colectivos nuevos, que todos subsidiamos, es solo una manera de aumentar sin que protestemos demasiado.
Desconfiamos si nos aumentan el sueldo, cuando nos dan una ventaja, y hasta cuando alguien nos ayuda. Siempre desconfiamos de la FIFA, y desconfiaremos de los que vengan; desconfiamos de las copas de Olimpia y los campeonatos de Cerro.
Desconfiamos de las promociones de las telefónicas, del ministro que dice que “la plata rinde cada vez más” y del que dijo que “un asalariado cualquiera puede comprar un cero kilómetro”. Desconfiamos del vecino y de los policías, del médico y de la hora y la fecha que nos da IPS. Desconfiamos de nuestras parejas, les pedimos sus claves y les controlamos el teléfono.
Les participo de una burocrática desconfianza: quise participar de un concurso de cuentos de un chuchísimo club social. Como soy extranjero, debo certificar mi residencia en el país, “por lo menos por dos años”, me dice. - No hay problema, llevo 25 años acá, le muestro mi cédula y mi radicación.
- No, señor, necesitamos un certificado de migraciones.
- Pero la radicación es de ahí.
- Pero necesitamos un certificado... o un escrito de un juez de paz con dos testigos.
La discusión duró unos minutos, le pregunté por qué desconfiaría de un documento legal. No los aburriré con los detalles; antes de irme le dije: -No hay problema señorita, tengo un amigo que conoce un juez y me inventará los dos testigos. Por su mirada, creo que desconfió.