carlos.franco@extra.com.py Recuerdo que cuando tenía 14 años mi padre me dijo: “Che ra’y (mi hijo) ya es tiempo que empieces a trabajar”. Esa idea que le gustó mucho a mi madre, quien deseaba que me dedique completamente a los estudios, a lo que mi padre retrucó: “Desde chico debe aprender a quererle al trabajo”.
En medio de las opiniones cruzadas y una confusión propia de la adolescencia, le hice caso a mi papá y empecé a trabajar medio tiempo en un taller de costura de calzados de la familia, sin descuidar los estudios del colegio. Recuerdo que en principio no me agradó mucho estar trabajando mientras mis amigos jugaban fútbol o pasaban horas frente a la tele viendo Dragon Ball Z o jugando Playstation, pero luego empecé a darme cuenta de los beneficios del trabajo.
Aquel primer sueldo, recibir ese dinero fruto de mi esfuerzo y responsabilidad me produjo una sensación inexplicable. Era un adolescente, como todos ingenuo, me percaté que el trabajo me sacaba tiempo para el ocio, pero me daba otras cosas, la posibilidad de comprarme la remera de mi banda favorita, poder comprarme entradas para los “Pilsen Rock”, poder ir al cine y a la cancha sin pedir dinero a mis padres.
En ese momento al fin entendí la lección de mi papá, mi primer empleo no me estaba dando solo dinero, me estaba dando libertad, esa que me permitía hacer lo que me gustaba, que me hizo feliz y al mismo tiempo independiente.
Pero ese empleo no solo me sirvió para el ocio, algunos años más adelante ganar mi propio dinero me permitió elegir la carrera que me gustaba y jugármela por mis sueños por cuenta propia. Esa sencilla, pero fantástica lección que me dio mi padre tal vez sea la ideal que deberían inculcar los padres y aprender los adolescentes en la actualidad.
“Hay que quererle al trabajo”, para salir adelante, para no caer en la gran cantidad de vicios, para tener la libertad e independencia que permitan seguir y cumplir los sueños.