07 feb. 2026

En el infierno

@pablonoearaujo @pablonoearaujo

Si tuviéramos que posicionar a nuestro país en una escala arbitraria y antojadiza; entre el cielo, como premio por los logros sociales, e infierno por mal desempeño, indudablemente deberíamos ubicarnos en la segunda opción de esta clasificación.

Tan fuerte es esta realidad, que para movernos unos milímetros, tiene que venir el Papa para notar las precariedades con las que convivimos; y en tiempo record, intentar maquillar la paupérrima infraestructura que forma parte del paisaje guaraní cotidiano. Sufrimos la mediocridad en todas las áreas (si es que no tenemos un padrino que bendiga nuestras peticiones) y la indignación no supera unas líneas en redes sociales o minutos en canales de televisión o radio, para después volver a la rutina. Ahí, en lugar de construir alternativas de salida real, elucubramos para obtener una ventaja en el esquema de distribución de dádivas.

En tiempos electorales la memoria nos falla y el estómago ordena nuestras acciones. Olvidamos gestiones para emocionarnos con algunos víveres que hacen reflotar aquel pasado silvícola, disfrutando del presente sin que importe el pasado, y mucho menos el futuro. Tomamos los grandes escándalos como oportunidades para el chiste y no como momentos de aprendizaje y crecimiento. Reímos de los vínculos de autoridades con grandes narcos, de los estafadores a escala mundial, de la corrupción puesta en marcha; cuando estas historias son de terror y no comedias edulcoradas.

Nuestro mayor pecado, el más fácil de cometer y que se intenta salvar con un ligero lavado de manos: el de la omisión. Vemos todo como una realidad ajena. Como si por accidente o castigo divino miles de paraguayos pasen hambre en medio de la miseria y exclusión.

Merecemos pagar por nuestras culpas. Seguir revolcados en la precariedad nos hace, más que cómplices, autores morales e intelectuales de lo que sucede en el país. Debemos aprender que el cambio siempre viene desde abajo. Participemos