08 feb. 2026

El perverso encanto de la última hora

@uruser @uruser

Démosle una fecha de finalización de algo a un habitante de estas plácidas tierras, y jugará con ella hasta el último segundo. Rige para todo: La boleta de Ande y Essap, la habilitación, la perforación del registro, el pago de tasas e impuestos, la inscripción en el colegio o la ida al viaje en avión que te cambia la vida. Siempre hay algo en el medio que nos complica, que nos impide hacer las cosas a tiempo; excusas sobran.

La procrastinación (ese es su nombre de diccionario) encierra un juego de lucha entre un pobre mortal y los designios del destino. Yo, como amo de la procrastinación, entiendo a esos esforzados luchadores del aplazamiento; es difícil explicar a esos escasos personajes que hacen todo a tiempo y organizadamente, la perversa sensación de triunfo al estirar el tiempo, eludir baches, saltar agitadamente de colectivos para ser el último en la fila y llegar en el momento que cierran la puerta. Desde adentro, miraremos con socarrona altanería a esos aprendices procrastinadores que han llegado tarde.

A veces hasta tenemos recompensas, nos dan un nuevo plazo de pago, o de inscripción o de lo que sea, y todo comienza a girar nuevamente; eso es vida.

Reconozco que esto no es para cualquiera: el pulso se acelera, y si sos de estómago débil, puede generarte problemas. Si tenés esas complicaciones, no puedes ser un procrastinador, no lo intentes, resígnate a hacer las cosas con tiempo y calmadamente, organízate; perderás el gusto a la vida, pero llegarás a viejo.

Pero eso sí: les ruego no comparar mi (o nuestra) actitud de dilación casi infinita de todo, a la actitud de los poderosos que no hacen las cosas. Ellos sacan ventajas, quitan rédito de los dineros públicos, o directamente los desvían hacia otros menesteres. Nosotros pagamos intereses si llegamos tarde, ellos, viven de eso. Y ahora los dejo, que dejé esta columna para hacer a última hora y mi jefe me apura. Ya está jefe; justo a tiempo.