@gabi_zbaez “Los sacerdotes pederastas son la vergüenza de EE.UU.”, había dicho el papa Francisco durante su visita al país norteamericano. La frase utilizada por el Sumo Pontífice hacía referencia a los abusos sexuales cometidos por los sacerdotes entre 1960 y 1980, que salieron a la luz en el 2002.
Me vino a la mente aquella acertada expresión, luego de leer los casos de abusos en nuestro país, cometidos por dos curas de la congregación Oblatos de María, en Guairá, que encendieron el debate sobre el silencio de la Iglesia. Al parecer, los sacerdotes Javier Bareiro y Gustavo Ovelar no eran los fieles pastores que todos imaginaban, pues se aprovecharon de la inocencia infantil para satisfacer sus sucios deseos encubiertos tras la sotana.
Una de las víctimas se atrevió a hablar y contó la cruda falsedad de uno de los curas, que incluso se atrevió a usar el nombre de Dios para manosearlo a escondidas. Lo peor del caso fue que cuando el hecho se denunció, en vez de entregarlo a las autoridades, los superiores intentaron llegar a un “acuerdo amistoso” con las familias afectadas, para evitar que tome estado público, con el tonto argumento de “no dañar la imagen de la Iglesia”.
Los representantes católicos nunca han tomado una posición tajante acerca de estos bochornosos y criminales hechos. La opción siempre fue mudar de parroquia a los sacerdotes pedófilos, intentando así un solución. Soy católica, como muchos ciudadanos del país, pero no acepto que obispos y religiosos apañen estas acciones.
Es hora de que se enfrenten a la realidad y denuncien, de que por amor a su rebaño eviten que personas así sean guías espirituales y pretendan dar lecciones de moral y amor a Dios, pues no saben lo que eso significa.
Queridos sacerdotes, piensen en la gente, en Dios que todo lo ve, no dejen que otros niños caigan en manos de falsos pastores. Empiecen a denunciar sin temor a las repercusiones. Los mismos católicos deben gritar contra las injusticias para no ensuciar a la Iglesia, y quienes profesen otras religiones (o no lo hagan) también, por justicia. Un niño nunca debe perder su inocencia así, menos en nombre de