@santula La abuela cumple años, los nietos son los encargados de organizar la fiesta y las hijas las encargadas de ordenar la vieja casa. Las hojas del viejo árbol forman una capa que llena bolsas y bolsas de basura que darán arduo trabajo al recolector. La parrilla mejor traerla de la casa de algún vecino porque la de la abuela está tan herrumbrada que no hay forma de ponerla a punto. Los hijos y los yernos ordenan los tablones, preparan las bebidas en conservadoras de “isopor” y van recogiendo de la terminal a los últimos parientes en llegar.
La casa quedó impecable. Más limpia que nunca y con globos y arreglos que la hacen ver como otra. Esas son nuestras costumbres. Quejarse por los acelerados arreglos que se realizan maquillando las calles de Asunción para la venida del papa Francisco es desconocer nuestra manera más auténtica de ser ante la venida de algún visitante a casa. Es cierto, queda claro que si lo están haciendo ahora por la venida de Francisco significa que podían haberlo hecho antes, que tenían los recursos para hacerlo.
El problema no es que lo hagan para Francisco, el problema es que no lo hayan hecho antes para todos los que pagamos nuestros impuestos para vivir en una ciudad más limpia, ordenada y presentable. No se trata de guardar la basura bajo la alfombra, se trata de gestión diaria que demuestre a administradores comprometidos con la correcta utilización de los fondos públicos.
El maquillaje no nos debe llevar al extremo. Podemos limpiar la casa, ordenarla, hacer que se vea mejor, pero no ocultar la pobreza. Dejar de ver limpiavidrios en esos días o pobres pidiendo limosna sería vender la imagen de lo que no somos a Francisco.
No haríamos el asado de la abuela en esa parrilla oxidada en el día de su cumpleaños, no bailaríamos con ella su música preferida en una alfombra de basura. ¿Por qué tendríamos que recibir tan importante visita en un lugar tan abandonado? Lo que corresponde es reclamar vivir a diario en un lugar más parecido al Paraguay del Papa.