@augusto2s La muerte de Eduardo Galeano nos arrincona en ese sitio del pesar a todos los que aprendimos a construir nuestra conciencia crítica desde sus venas abiertas de generosa savia reveladora. Eduardo fue siempre, hay una cuerda sagrada, siempre hay una mano que nos sostiene en el paisaje de nuestra identidad no importa dónde estuviéramos a la hora de rescatarnos de ese paraje sombrío de la indolencia, desierto que ha prohijado espejismos de terror de la historia latinoamericana.
La voz de Eduardo vive y reina en generaciones de latinoamericanos que la sostiene como bandera flameante e insomne en la inmensa trinchera de sueños que siguen tan irreducibles pese a aflicciones de los nuevos tiempos, del bombardeo preventivo de palabras torrenciales y costos astronómicos de un pedazo de pan sobreviviente.
En el agua de su palabra se ahogaron las mentiras consagradas y flotaron como rescatados por el salvavidas de la conciencia todas las historias que nadie contó, las sonrisas que nadie describió y lamentos que nadie reprodujo. Hoy, desde sus manos contadoras ya se escriben con tinta indeleble de la inmortalidad para una región de alegrías y tribulaciones, que más temprano que tarde empezará a vivir sus cien años de solidaridad.