Por Hugo Barrios @Huguelli Para describir lo que me producen los barrabravas, quisiera recurrir al término del cachetón de Kiko: “No me simpatizan”. Todos, tarde o temprano, terminan encontrándose por el camino con quienes utilizan los colores de equipos de fútbol para sembrar terror en nuestras calles. Lo simpático es que la propia policía los escolta a menudo, los protege, los mima.
Tengo varias anécdotas con estos hinchas. Una vez cometí el error de no desviar mi trayecto y pasar por la esquina del colegio Saturio Ríos de San Lorenzo, ya de noche. Allí estaban ellos, rindiéndole culto al ocio, después de un partido de su club. Crucé la vereda para evitarles cualquier molestia. Fue en vano. Uno dejó la manada para interceptarme.
Me pidió plata “para hacer el aguante”. Me negué y la respuesta lo enfureció. Me discutió que sí tenía dinero en tono amenazante y amagando extraer algo de la cintura. Tan rápido como pude saqué mis monedas y se las tiré. Insultándome, recogió el dinero y volvió a su rebaño. Llamé al 911: no pasó nada. Me sentí humillado. Maldije a cada uno de esos tipos, pero más a las autoridades.
Es común que en esa intersección pidan peajes. Y todo ante la complicidad de los mandamases de la Comisaría 1° Todos saben, incluidos ellos, que los barras se instalan allí a pedir dinero. No hacen nada (los policías), no se preocupan por verificar siquiera sus documentos.
Hace días subí a la Línea 27. Cerca de Calle Última el chofer paró la marcha para hacer subir a una docena de hinchas. Tras negociar con el conductor, el líder del grupo autorizó a sus compinches abordar el micro. Algunos pasaron por debajo y otros por encima del molinete.
A pocas cuadras, otra jauría hizo la parada. Al verlos, el “portavoz” ordenó al trabajador del volante pisar el acelerador: los que querían subir eran de su mismo club, pero de otra barra. Por poco y no se tomó a trompadas con los que intentaban viajar. Pánico. Eso fue lo que hubo en ese momento.
En vano uno exige seguridad a quienes fungen de ser nuestros custodios. Uno ya no sabe a quién recurrir para que estos tipos que veneran la filosofía del “aguante” dejen de fastidiar con su patética violencia. Ante estos casos, conviene más hacer como la Popis: “acusarlos con su mamá”. Ya tú sabes.