@santula “Escuchábamos a Ana Belén y de María Elena Wlash, Barco Quieto a 35 minutos de las 13. Salute señora, llegó la alegría del hogar, hoy primero de mayo día de los trabajadores, también día de San José Obrero, esta es la radio amiga, la radio nuestra, qué linda es la radio. Buenas tardes Víctor Villalba, gusto de verlo”.
Así empezaban las tardes en días de lluvia, era la canción que le gustaba antes que suene Green Onions en la versión de Booker T & the MG’s hasta que se casó con la de Jon Lord en la que el Hammond se lucía.
Muchos lo recordamos iniciando con Donald y El Milagro de tus Ojos, una canción que alguna vez el propio Víctor, su operador que lo conocía más que cualquiera haciendo radio, me decía que pedía escuchar cuando lo vencía el recuerdo.
Sus llamadas al sauna del Centenario o a Mburuvicha Roga al ritmo de “mi amigo Lucho, el debilucho”, el gran culebrón, sus historias que en cada relato aportaban un elemento nuevo y su envidiable memoria, lo convertían en un conductor excepcional.
Hasta hoy no dejo de admirar aquella nota que había hecho a una mujer de nombre Sonia, que mató a sus hijos luego de envenenarlos y que ni la fiscalía logró que cuente cómo lo hizo. Él habló con ella casi por una hora, entró en confianza y al final terminó confesando cada detalle.
Lo conocí desde “De Remate” aunque sus fanáticos dicen que los programas desde San Bernardino con Julio González Cabello fueron los más alocados. Nunca fuimos amigos, al contrario; las dos veces que hablamos, una vez al aire y otra en la linea baja de su departamento, me mandó a cagar como decía él. No obstante, entre puteada y puteada hablábamos de sus hazañas en radio y al recordar se mataba de la risa.
Hoy lo recuerdo como oyente, como admirador de esa gran capacidad de acompañar y entretener en cada tarde. Quienes lo escuchamos hablar alguna vez de Adolfo Bioy Casares sabemos que este final no puede sorprendernos. No se dejó vencer y honró su libertad hasta último momento. Hasta siempre Carlos, la radio ya te extraña.