@santula “¿Cuántos de ustedes son pobres?”, arrancó diciendo Daniel ante un auditorio de ejecutivos de alto nivel. Muy pocos levantaron la mano y sin decir mucho sobre su finalidad empezó a contar su historia.
Fanático de la cumbia, con vocación de músico y admirador al extremo de “la bomba tucumana”, vivió en una villa miseria de Buenos Aires. Ahí Lili, una profesora de piano le hizo conocer a Beethoven y Mozart de cuya existencia ni sabía, ya que él, solo quería hacer cumbia.
Aprendió de música y la disfrutó. Daniel, el vago del barrio era llamado por sus vecinos desde entonces “profesor”. Sin darse cuenta Lili le ayudó a derribar su primera pobreza; la cultural.
Desde ahí no paró. Aquel soñador y motivador empezó a trabajar en empresas en desarrollo y crecimiento humano, sobre todo apostando a la felicidad como estrategia de rendimiento. Hoy es un empresario sin haberlo pensado jamás.
La principal barrera es nuestro propio límite, nuestro propio prejuicio. En Estados Unidos, desde donde escribo estas líneas, sentado en un café y viendo el contraste que pinta su gente en las calles, conocí a varios paraguayos que como Daniel superaron sus barreras y salieron en busca de sus sueños y desafíos.
Para ninguno fue fácil y a su manera todos tuvieron que sudar. Algunos dirigen empresas exitosas y son grandes inversionistas, mientras otros a diario sostienen a su familia ganándose el pan con dignidad.
El “no se puede” sin siquiera intentar es una puerta al atraso y a la involución. En Paraguay queda todo por hacer y derribar paradigmas con una verdadera revolución cultural es la primera tarea que tenemos con el presente pero sobre todo debe ser un compromiso con el futuro. Ejemplos hay miles. Es cuestión de dejar de mirar por el agujero del picaporte y hacerlo por la ventana que da al mundo.
Para tomar impulso vale con mirar casos de éxito desde la apertura al aprendizaje y lejos de la envidia por el progreso económico, cultural o de realización personal de nuestros propios compatriotas.