La última maestra alfarera de Yaguarón se llama Rosalina Robles y el jueves, a sus 77 años recién cumplidos, fue declarada Tesoro Nacional Vivo.
La artesana vive en la compañía Peguaho, en la casa donde creció y aprendió el oficio de su madre y su abuela. Cuando trabajaba con ellas, la puesta del sol marcaba el cierre de la actividad, ya que no había energía eléctrica.
Hasta ahora mantiene las mismas técnicas para convertir el ñai’û o arcilla negra en piezas que combinan utilidad y belleza. “Yo no hago nada con máquinas, me ayudan mi nieto y de paso mi hijo también”, cuenta Robles.
La época dorada en ventas fue hace 20 o 30 años, refiere. En un día podían cargar 50 cántaros y demás utensilios en una carreta.
Eran varios clientes los que revendían su arte popular hacia Caballero, Ybytymí, Sapucái y Escobar. Mediante eso pudo criar a sus tres hijos.
Sin embargo, aunque las cosas se encarecieron bastante desde entonces, no pasó así con los productos de ña Rosalina.
El cántaro que hace dos décadas vendía a 5.000 guaraníes, ahora da a G. 10.000. “Ya no se quiere pagar tanto, pero antes valía más la plata, más cosas hacíamos con ella”, recuerda.
Hoy día su producto estrella es el ñai’ûpyû, que se usa para cocinar el famoso mbeju tova, que vende a G. 30.000.
La artesana sigue dedicándole una hora por día al moldeado de las piezas, pese a las huellas que dejaron en su cuerpo los años de trabajo pesado, de entrar al agua para sacar el barro, de intercalar frío y calor y de hacer cosas grandes como palanganas de 5 kilos.
Esas tareas ahora las realizan sus ayudantes, aunque hace poquito ella volvió a meterse al arroyo para guiarles.
“Puede ser que ahora se vea la forma de promover (la alfarería) porque las antiguas fallecieron y su descendencia ya no está por acá o no trabaja en eso”, reflexiona.
La resolución de la Secretaría de Cultura habla de compilar y difundir el trabajo de la destacada artesana. También menciona un posible sistema de asistencia para ella.