Antes de la impresión digital, las gigantografías publicitarias estaban a cargo de artistas que con sus pinceles lograban las imágenes más realistas.
Uno de ellos es don Agustín Portillo, de 57 años, que sigue dedicándose a la cartelería e imágenes en general, pero ya con máquinas.
Tenía 14 años cuando estudió dibujo publicitario y, tras ganar experiencia en el rubro, pasó a trabajar en pintura industrial. En los años ‘80, una huelga desembocó en represalia contra los trabajadores sindicalizados y él fue uno de los despedidos de la firma CIE. Luego de eso fue a la empresa Panels como dibujante y ahí estuvo de 1988 a 1998.
Agustín era un pasajero que admiraba desde la línea 30 los grandes anuncios ubicados hacia el aeropuerto Silvio Pettirossi y más tarde se convirtió en uno de los pocos pintores de gigantografías del país. Menciona como sus mentores a los hermanos Pablo y Víctor González.
“Empecé con carteles pequeños de ‘prohibido arrojar basura’, ‘prohibido fumar’, después empezaron a darme cosas un poco más grandes”, recuerda.
En su primer anuncio grande le tocó plasmar a la mujer que aparece en el empaque de yerba Selecta. Él y sus compañeros pintaban publicidades de Coca Cola, Benetton, Marlboro Toyotoshi, Labatt Blue, etc.
“Prácticamente en todo el país colocábamos carteles”, recuerda. Incluso tenían pedidos desde Argentina, de una marca de yerba mate.
Su trabajo incluía viajar con los productos terminados. Llevaba todos sus materiales por si había que arreglar algún rayón o abolladura sufrida en el camino.
También le tocaba hacer el mantenimiento a los carteles cada tres o cuatro meses y solía bastar con una lavada, ya que las pinturas sintéticas duraban más que los pigmentos de las impresiones digitales de hoy.
“Para mí el artista es irreemplazable, por más de que la máquina te haga todo. Si me dan algo para pintar, voy a volver a pintar. Cuando uno encuentra un trabajo que hace con amor, el dinero viene solo”, dice el pintor que también es bailarín y maestro reiki.