10 feb. 2026

El 1 que quería ser 10: José Luis Chilavert y la revolución del arco

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Durante casi un siglo, el fútbol tuvo una jerarquía inalterable en la que el arquero era el último eslabón de la pirámide; era el hombre para atajar balones y su juego con los pies se reducía al saque de meta.

Pero esa imagen sumisa del cargo se rompió en los años 90 con la llegada de un paraguayo de acero y guante de seda: José Luis Chilavert, él además de atajar, recorría media cancha para desafiar la lógica y transformarse en una amenaza ofensiva real para el oponente.

Su juego revolucionó la forma de jugar en Sudamérica. Observar a un portero colocar el balón para un libre al borde del área era algo que el público no terminaba de encajar; provocaba un murmullo de nerviosismo en el estadio y desconcierto en la zaga rival, aunque esa duda era su mejor arma.

Su impacto en el marcador era tal que redefinió las cuotas de cada partido, algo que hoy en día sería crucial para los analistas de apuestas deportivas, al ver cómo una sola figura podía cambiar el curso de un partido parejo.

La ciencia de la audacia

Muchos trataron de encasillarlo como un excéntrico en busca de notoriedad, pero detrás de cada incursión al área contraria había miles de horas de práctica en solitario.

Chilavert desarrolló una técnica de golpeo con la pierna izquierda admirable. Sabía imprimirle efecto al balón para que superara la barrera y descendiera con fuerza.

Llegó a anotar más de sesenta goles como profesional, incluyendo un histórico hat-trick. Esta eficacia obligó a los entrenadores rivales a nombrar un jugador de campo para marcar al portero, algo nunca visto, y con ello, dejó de ser el último hombre para convertirse en líbero con guantes que comenzaba y terminaba las jugadas.

Liderazgo por intimidación

Pero el personaje de Chilavert trascendió sus condiciones técnicas, ya que era un líder que jugaba más con la mente. Concebía el fútbol como una guerra de posiciones en la que la mirada y la palabra contaban tanto como la parada. Se nutría de la hostilidad de los estadios rivales y la usaba para hacerse gigante bajo los tres postes.

Sus compañeros de la selección paraguaya y de Vélez Sarsfield lo consideraban un escudo porque se tragaba toda la prensa y dejaba al resto del equipo a sus anchas. Esa capacidad de manejo emocional fue fundamental para que Paraguay vuelva a un Mundial y le compita de igual a igual a Francia en 1998. Su presencia intimidaba y más de una vez los delanteros se erraron goles hechos por temor a él.

Un legado que perdura

El fútbol actual requiere que los porteros jueguen con los pies, algo ya habitual en los grandes clubes europeos, pero la mirada de Chilavert era otra; él no solo pasaba el balón, él explicaba. Su legado se siente en los arqueros actuales que ya no se quedan bajo los tres palos.

nullRompió con el estereotipo, probó que se puede ser un atleta de alto rendimiento con un cuerpo fuerte si se es inteligente y se tiene técnica. Su legado es eterno porque le mostró al mundo que el número uno en la espalda no es sinónimo de ser el peor del equipo. José Luis Chilavert revolucionó el puesto de arquero y le otorgó un protagonismo y una historia dentro del fútbol que nunca más perdería.