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Dormía sobre una colcha, ahora tiene una fábrica

Liz Karina Lezcano Vega, símbolo de perseverancia y valentía. Superó dos lesiones graves y se abrió camino sola.

Todo lo que consiguió fue con base en sudor, lágrimas y sacrificio. La historia de Liz Karina Lezcano Vega, fácilmente podría servir de inspiración para un libro de autosuperación.

Llegó a la capital desde Itacurubí de la Cordillera, encantada por la caprichosa. Jugó en equipos como el Deportivo Capiatá, Guaraní, entre otros. Pero fue en este último club donde sufrió una grave lesión. “Tuve rotura de ligamento cruzado anterior y rotura de menisco interno, los del club ni el saludo me dieron, me fui a casa sin saber qué hacer”, recuerda Liz.

Tras mucho andar y con ayuda de su mamá consiguió operarse en el hospital de Trauma. Luego de la cirugía necesitaba de fisioterapia pero no contaba con recursos.

“Se me endureció toda la pierna y se me levantó la cadera un lado, fui a vivir con mi hermano en Coronel Oviedo en su pizzería y pensaba en lo mucho que quería jugar. Un día dije que yo no podía quedarme así, ahí decidí volver a Asunción”, contó a EXTRA.

Días difíciles

Liz vivió en casa de una tía, que tiempo después le dijo que ya no iba a poder tenerla porque debía viajar. “Me bajaron frente a un súper y yo tenía tres bolsones grandes. La pierna dura, la cadera levantada y la rodilla totalmente atrofiada. Estaba sola, no tenía a nadie. Le pedí a papá algo de plata para pagar un alquiler”, rememoró.

Con valentía Lezcano pidió un trabajo en la Terminal de Ómnibus y encontró como cajera. “Mi idea era alquilar en San Lorenzo porque si no podía jugar tenía que estudiar”, explicó. Consiguió una pieza.

Tiempo después pidió trabajo en su Instagram, ya que por el horario rotativo como cajera no podía estudiar. Así empezó a familiarizarse con el tema de los productos de limpieza.

Le vendía a una señora y ganaba por comisión. Fueron días muy difíciles en aquella piecita donde Liz pasó penurias y soledad.

“Yo no tenía casi nada, dormía sobre una colcha. Recuerdo que en un año nuevo cené un juguito de durazno y un helado, porque yo tenía que ahorrar y seguir”, contó.

El sacrificio pronto dio sus frutos porque un buen día ella quiso independizarse. “Bajé una mesita frente al departamento, coloqué una notebook y me puse a ofrecer productos de limpieza en las redes y hasta contraté un delivery. Yo no tenía nada pero me veía como una empresaria”, he’i voi.

Montó su miniempresa en San Lorenzo

Comenzó a vender papel por fardo y su astucia la llevó a escalar alto. “Sobrevivía con G. 50.000 semanal, comía dos empanadas en el trabajo y más nada, en mi mente estaba hacer algo más”, dijo. Hoy, Liz es dueña de una floreciente fábrica y cuenta con un negocio en el mercado de San Lorenzo. Hasta compró un terreno donde edificará su propia sede. En noviembre retornó a las canchas y juega futsal. “Mi meta es volver a un club de primera y ser llamada a la Sele”, expresó.

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