@marianonin1 Nadie la vio venir. O quizás sí. La crisis de los refugiados sirios por la guerra civil desató una alama mundial de impredecibles consecuencias. Más de cuatro millones de personas fueron desplazadas de sus hogares desatando un problema humanitario que conmueve al mundo, pero nada más.
Y es que la situación de Siria es pequeña, aunque pequeña es un decir, ante lo que sucede en el mundo. Se estima que la cantidad total de personas desplazadas de sus hogares en todo el planeta, actualmente, es de 60 millones. Casi la mitad son niños y adolescentes menores de 18 años.
Pero lo que sucede con los sirios llega al mundo. Los medios nos bombardean con noticias de gente muriendo en el mar intentado preservar lo elemental, la vida. Se estima que 10.000 migrantes murieron en el Mediterráneo desde 2014. Diez mil. Un drama terrible que no perdona.
Los relatos de la travesía en el mar son espantosos. Los recoge Amnistía en un informe que nos deja helados: “además, de las dificultades del viaje en sí, incluyendo las adversas condiciones climatológicas cuando se realiza en invierno, es habitual que estas embarcaciones, no aptas para navegar, dirigidas por capitanes sin experiencia y abarrotadas, se pierdan, se queden sin combustible, y sufran averías en el motor y vías de agua. En muchas ocasiones, los inmigrantes se deshidratan por la escasez de agua potable, se intoxican con el humo del motor o incluso mueren asfixiados por el exceso de personas y la falta de aire en las salas de máquinas del casco del barco. Casi nunca hay chalecos salvavidas y muchos de los viajeros no saben nadar” concluye.
Escuchamos las noticias, pero no dimensionamos su magnitud. Miles de personas muertas, miles de hijos huérfanos, de padres sin hijos, de familias destrozadas. Es mucho para un mundo convulsionado que ante semejante tragedia hace lo del avestruz, mientras muchos dejan escapar una lágrima por Siria.