11 ene. 2026

Todo se cae, todo se rompe, todo se quema

@uruser @uruser

Allá por el año sesenta y algo, a un investigador se le ocurrió dejar un auto en un barrio pobre y otro en un barrio rico. El del barrio pobre amaneció destrozado. “La pobreza, el delito”, dijeron. Pero luego hizo otro experimento (resumo un poquito): en el mismo barrio rico dejó un auto, pero con un vidrio roto. En pocas horas resultó saqueado (y eso dio pie a la “teoría de los vidrios rotos”, por si quieren googlear).

¿Qué pasó? Parece que los bichitos humanos somos muy simpáticos: si algo está bien, tendemos a dejarlo bien (y a veces mejorarlo), pero si percibimos que algo está deteriorado, queremos acelerar el proceso. Por eso es tan difícil cambiar las estructuras y la forma de pensar; el “es así luego” nos gana por goleada.

Si tratamos de cambiar algo en la familia, en el trabajo o en la comunidad es muy, muy difícil: la inercia y la graveda nos llevan al abismo. Si los transformadores en San Lorenzo fueron saboteados, deberíamos preguntarnos qué hacían allí, después que se denunciaron hace años. “Se iban a vender”, dijeron.

Ayer estuve en una conferencia en un respetado hotel asunceno. No había sistema de prevención de incendio, ni carteles. Los 400 muertos del Ykuá nada significan. “No tenemos personal para verificar”, dicen en la Muni (doce mil funcionarios... ¿no se podrá redistribuir alguno?). Si a todo lo anterior le sumamos la sal y la pimienta de la plata fácil y los escrúpulos inexistentes, tenemos un cóctel mortal en las manos que, por suerte, por destino o por Dios, como ustedes quieran, no ha causado muertes de estudiantes en los colegios derrumbados.

Y por favor, y sin ofender a nadie, no me vengan con furias divinas e incendios casi apocalípticos, no busquemos figuras misteriosas en el humo del incendio de ANDE en San Lorenzo ni castigos divinos. Que nosotros, para hacer (nos) mal, nos arreglamos bien... (Casi) trágicamente bien...