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Soy un trabajador informal

"Quién no querría tener seguro social, salario mínimo (aunque sea) o unas soñadas vacaciones pagadas"

A veces tengo 40 años y tres hijos que mantener. Desde el año pasado que veo en las noticias que hay grandes posibilidades de que suba el sueldo de las trabajadoras domésticas como yo. Con G. 2.112.562 podría vivir un poco más tranquila. Es más de lo que hace 7 años estoy ganando en la casa de mi patrona. Si me pagara G. 10.156 por hora, no le va a forzar. Puedo ir mediodía. No le voy a fallar. Entendí que el sueldo mínimo no se paga por años de estudios, sino por las cosas que necesita una familia, alimentos, pasajes y esas cosas. Espero que deje de ser un sueño muy pronto para mí y otros 240.000 trabajadores domésticos.

Otras veces soy albañil, igual que otras 50 mil personas que trabajan en construcción, con todos los peligros que implica, aún no nos ponen elementos de seguridad. Ni hablar de seguro médico o de vida.

Por las noches resguardo con mi vida, edificios o casas. Pero no cuento que no me dan chalecos antibalas, y como a mi hermano albañil, tampoco tengo seguro de vida.

A veces tengo miedo de estar parada en mi esquina porque la policía dice que no es trabajo o cuando ve que tengo clientes, me quita lo poco de plata que tengo.

También soy campesino. Nadie me reconoce los productos que meses me lleva cosecharlos.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el mayor problema a nivel global es la informalidad en el trabajo. En el mundo hay 2.000 millones de empleados en ese régimen y nuestro país no está exento de esto. Aquí, esa cifra supera los 1.800.000 de trabajadores, según datos oficiales.

Pero estas cifras duras se hacen blanditas cuando la panza aprieta. Porque eligen trabajar “en negro” con tal de llevar un pedazo de pan a la casa. Como si se pudiera elegir, ¿no? Por ello a veces me molesta un poco la frase: “el que quiere, puede”. ¿Quién no querría tener seguro social, salario mínimo (aunque sea) o las soñadas vacaciones?

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