@pablonoearaujo Ya en tiempo de los antiguos filósofos griegos se planteaba la dicotomía entre el ser ideal y el real, entre lo que es un anhelo y lo que se plantea en la realidad. Una división que trasciende lo material de lo inmaterial, para demarcar parte de la doble vida que tenemos eternamente los humanos, viviendo en un mundo de ideas, que puede aparentar perfecto, y un mundo material que casi siempre es absolutamente diferente.
Nos pasa en situaciones cotidianas de la vida, cuando observamos el comportamiento de otras personas, como la paja en el ojo ajeno, ignorando la viga que tenemos en el propio. Consideramos que nuestra esencia es pura, y que los errores solamente se pueden visibilizar en los demás.
La capacidad de autocrítica es demasiado endeble, no optamos por un autoanálisis de nuestra conducta como un mecanismo para mejorar, nos anestesiamos con una sentencia simple, considerarnos mejor que el otro. En la medida en la que podemos instalar esta idea y obtener la aprobación del entorno, nos sentimos satisfechos.
No ponemos en la balanza la revisión cualitativa de lo que hacemos, todo lo que importa es superar el cuestionamiento ajeno, sin reparar en la revisión a fondo de lo que somos en esencia.
A inicios de la semana navideña, es importante reflexionar sobre esta conducta. Recordar los valores que adoptamos como propios dentro de la sociedad, que nos demuestran que tenemos potencial de rever la situación en la que nos encontramos, para intentar progresar. Esa también es una capacidad que casi siempre está latente.
Despertemos ese rostro humano que se oculta tras la pirotecnia del marketing salvaje, del oportunismo miserable, de la banalización de la esencia humana y busquemos un mejor porvenir para nuestros seres queridos, para nuestras familias. Es el paso inicial para conseguir un cambio positivo hacia toda la sociedad.
Es un buen momento para intentar ser mejores y no solo parecerlo. Esta decisión es justa y necesaria.