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Por si acaso me llevo también

Carritos repletos de productos de primera necesidad y de higiene se veía en los carritos. ¿Qué pasaba? ¿Acaso era Navidad?

“Fideo lo que no nos tiene que faltar. Arroz tampoco. Dale, apurate que se va a terminar”, escuché ayer mientras miraba desinteresadamente algún que otro champú o crema corporal.

Las miradas de aquellas personas eran como juzgadoras, ya que lo que estaba a punto de comprar era banal en ese momento. Supe, mientras formaba la fila, que el gobierno anunció que se suspende toda actividad que junte mucha gente para evitar más contagios del coronavirus. ¿Qué pasará de los padres que no tienen dónde dejar a sus hijos? ¿Se quedarán solos? ¿los llevarán al trabajo? Eso sería arriesgar igualmente al contagio, ¿pero qué hacer? O viajar en micro en hora pico será caldo de cultivo. “Eviten conglomerados", dijo el ministro y nunca vi tanta gente fuera de temporada de fin de año. Mientras pienso que estamos en un país con un sistema de salud paupérrimo, comienzo a sentir algo de miedo.

El pitido de la caja suena, me cobran y salgo con mis champús en las manos. Aunque con una botella de “lavandina en gel para superficies con olor a jazmín”. Para que no me miren mal por banal, pero llevo también por si acaso.

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