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Columnistas

Ni en Egipto hacen esto

Es un día nublado en barrio Obrero, Asunción. Los rayos del sol no producen sombras pero hay mucha luz en las calles. Una mujer, de pronto, corre desesperada hacia un negocio, como queriendo escapar del mismísimo infierno. No eran precisamente jinetes del apocalipsis que cabalgaban, sino dos cobardes que acababan de cometer un asalto en moto. Verlos atacar espantó a la señora. Ni bien logró adentrarse al local, un auto estacionado le cerró el paso a la pareja de maleantes y ambos caen al pavimento.

El coche de color azul queda algo afectado por el impacto. Jadeando, el vehículo retoma la marcha y juega a atropellar a los malvivientes. La máquina arrolla el biciclo. Uno de salva por centímetros de ser embestido y huye como cucaracha. Poco después los malevos fueron detenidos por la policía. El misterioso “justiciero” se ganó todo tipo de aplausos en redes sociales y muchos internautas lamentaron que los motochorros no haya muerto o al menos perdido alguna pierna o brazo. Las calles del país se han convertido en una carnicería donde los derechos humanos importan un comino.

La sociedad está podrida de la tibia justicia. No es de extrañar que pronto estos malhechores estén libres nuevamente. Crispín Montiel, un policía de Ciudad del Este, fue asesinado a tiros por dos motoasaltantes y tampoco sería extraño que el crimen quede impune. El sistema judicial paraguayo está infestado de corrupción y desorden. Las leyes no se aplican. Ni siquiera la mitad de los que están presos en las cárceles tiene condena y el resultado es que hoy muchos prefieran la Ley del Talión, donde cualquier Juan Pérez puede hacer de juez y aplicar eso de “ojo por ojo, diente por diente”. En eso nos hemos convertido.

La Justicia debe ser implacable con los que violan la ley. No debe ser benévola con corruptos, violadores, ladrones o asesinos. Pero como no cumple su rol, hoy los barrios son una especie de matadería que convierte en momias a inocentes. Ni en Egipto hacen esto. Ya tú sabes.

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