@uruser “Dios aprieta pero no ahorca”, decía mi abuela. Yo nunca le discutí, simplemente me parecía que a veces el susodicho manejaba otra escala o su “apretómetro” estaba con algún problema.
Terrible lo de Alberdi: por el drama de toda una ciudad convertida en una isla amenazada y más terrible aún por un modo de hacer las cosas, en las que la imprevisión pierde siempre ante lo inevitable.
Hablaré de oído, no conozco la ciudad: según dicen los que saben, la vecina Formosa, enfrentada a una situación similar en el ’83, construyó una formidable barrera contra las aguas y que hoy es un lugar de esparcimiento y orgullo ciudadano. Es más: esa ciudad ofreció a los alberdeños lugar para estar y esperar que pase el inminente peligro.
Lo de las grietas en el muro de Alberdi no es algo nuevo: un año atrás ya habían advertido de las fallas que podían llevar a su colapso. El ministro y los responsables visitaron el lugar, no hay desconocimiento. Un año es bastante tiempo para tomar medidas correctivas en algo que demostró su importancia (Alberdi ya hubiera sido tomada por las aguas si no fuera por el muro).
¿Por qué no se hizo lo necesario? En un país capaz de construir Itaipú, no debería ser problema construir un muro contra el agua. ¿Será que es más fácil el plan B? ¿O sea, recurrir a Dios? De hecho no es extraño: recuerdo al ministro del Interior que pedía rezar para no ser asaltado. Hoy podemos saber con anticipación cuándo y cuánto lloverá y resulta casi una burla que nos veamos “sorprendidos” con el agua y que cada aumento del nivel sea una simple repetición de los hechos ya conocidos.
Entre los doctores, ingenieros y arquitectos formados en las mejores universidades cuesta creer que no haya dos, o tres o diez, capaces de dar la solución. O quizás el problema no sea ni el desconocimiento ni la imprevisión, sino el “nada me calienta” de las autoridades... y ese sí que es un problema más grave.