@pablonoearaujo Dispuestos a pasarla bien, acompañamos con la familia a mi hijo mayor a uno de los tantos interescolares que se disputan últimamente. Era una hermosa mañana en la que la excusa del deporte parecía el guiño perfecto para una actividad sana. Sin embargo, en el mundo irracionalmente competitivo en el que vivimos, esto parece imposible.
Los pequeños, entre 6 y 7 años, estaban jugando un partido de fútbol parejo, hasta que una de las contingencias del juego llevó a que se cobre un tiro libre a favor de nuestro equipo. Los chicos patean, la pelota va afuera. En ese momento escucho que una de las madres del otro colegio dice: “por suerte son malos”. No reaccioné al instante pero le hice saber mi indignación por ese desubicado comentario. No sé si son malos o buenos, de lo que estoy seguro es que son niños que quieren divertirse sanamente.
La educación es un fenómeno complejo que trasciende las aulas. Si deseamos un hijo educado el primer paso es dar el ejemplo, respetando a los demás. De lo contrario toda la plata que se gaste en la escuela será insuficiente ya que las maestras nada podrán hacer para remediar la mala conducta de los padres.
Otro factor que es clave para comprender la reacción de esta mujer es la manera en la que concebimos socialmente al deporte en todas sus expresiones. Lejos están estas reuniones de ser una forma de aglutinar ilusiones y aprovechar para momentos educativos. Lo único que importa es ganar.
La cultura del éxito emparejado con la victoria a como dé lugar, anula toda chance de pensamiento. Lo único que entendemos es que existe un ganador y el resto fracasa. No se concibe otro análisis que sea válido, ni en el deporte, ni en la sociedad en su conjunto. Estamos fallando al adaptarnos a un mundo en donde también deberíamos incluir a la solidaridad como respuesta a los principales obstáculos que debemos ir atravesando. No podemos seguir atribuyendo valores solamente a la victoria. Eso es muy triste.