@marianonin1 18:30. Hace un calor insoportable. La calle es un hervidero. Salir del trabajo y llegar a casa se vuelve una aventura casi épica para miles de personas. Al llegar a Choferes del Chaco y Fernando de la Mora, los nervios ya no pueden ocultarse y estallan cuando un ejército de vendedores informales ataca en el semáforo como si fuera su última estrategia contra un mal día.
Aceite, jabón, pasta de dientes, frutas y una que otra solución mágica a la caída del cabello o al mal aliento. Es la lucha diaria por ganarse el pan, sobrevivir en la calle vendiendo cualquier cosa. En Paraguay, la mayor parte del empleo se genera en la economía informal.
No es un secreto. Según la última Encuesta Permanente de Hogares, la mitad de los trabadores en nuestro país son informales; hombres sacrificados en una constante lucha por el pan, con pocos derechos y muchas obligaciones.
El repentino cambio de luces detiene a los vehículos. Un instante para que aflore la situación más detestable del tedioso camino a casa. Cuatro jóvenes de entre 25 y 30 años rodean a una mujer. La chica sabe lo que le espera y busca desesperada unas monedas. Mientras limpian su parabrisas no dejan de mirarla. Es la forma de intimidarla.
Es el otro ejército, el de la forma más fácil de hacer dinero metiendo miedo y juntando rabia. Caminan presurosos buscando a sus víctimas, generalmente, mujeres que conducen solas y jóvenes con cara de inocentes. Se abalanzan sobre los vehículos con cara de pocos amigos y desprecio a la vida.
Un problema que crece y se multiplica y, aparentemente, no tiene solución. Ninguna autoridad esbozará una ley o una ordenanza que le reste votos. Es la realidad. Insultos, monedas que caen, uno que otro golpe al aire y a seguir el viaje. Todo volverá a repetirse en el próximo semáforo. El tránsito caótico solo es una excusa en “la ciudad del miedo”.