@uruser Al universo, la Tierra y millones de personas no les interesa tu cumpleaños, es un momento más en en el devenir infinito. Normalmente a uno le interesa, sobre todo en casos como el mío, en que el tiempo que me queda “por estos lados” es menor al que ya viví (salvo que desarrollen la transferencia de conciencia a un robot, vaya uno a saber).
Probablemente veré muchas cosas inexistentes e inimiginables y casi seguramente, seguiré viendo muchas cosas preocupantes: el Cielo y el Infierno en la Tierra, como todos los días. En Europa, el lugar más rico y presuntamente civilizado del planeta, los migrantes mueren como perros o ratas en su intento de entrar a la tierra de buenos sueldos y mejores trabajos, corriendo de lugares arrasados por violencias milenarias y, para mí, incomprensibles.
Aquí, indudablemente somos mucho más civilizados: a nuestros desplazados los matamos diaria y lentamente en todas las esquinas, condenados a un futuro sin futuro y a una vida que es respirar, mal comer y reproducirse.
Yo reconozco, no hago nada por ellos, soy uno más de lo que mira a otro lado. Quizás escudado en aquellos de “cámbiate a ti mismo y cambiarás el mundo”, me dedico todos los días a cuestionarme todo lo que sé y lo que hice hasta ahora, me embarco en cosas nuevas, me animo a decir “no sé” y aprender, a despojarme de mis verdades y de mis blancos y negros, a no juzgar y a escuchar, a conciliar y mejorar.
Ayer pasé un día fantástico, mi muro del Facebook se llenó de saludos de, en su mayoría, amigos a los que no conozco personalmente y de otros a los que la tecnología me ha permitido encontrar después de 25 años. A la mañana, el primer saludo fue de mi madre, mi hijo me dijo el mes pasado (pero yo recordé ayer) que era un gran padre, mi hija me dio un tierno beso, mi señora me dijo que era el amor de su vida y mis compañeros de Extra me hicieron sentir uno más entre ellos, tan jóvenes y talentosos.
¿Qué más puedo pedir?