06 feb. 2026

Honrar la vida

@santula @santula

Publicaciones recientes de la Organización Mundial de la Salud revelan que la expectativa de vida en Paraguay es de 74 años. En la región, es Chile el país con mayor esperanza de vida alcanzando unos 80 años. Pero más allá de vivir por más tiempo lo que debería interpelarnos es ¿cómo vivir durante esos últimos años?, ¿vale la pena sumarle tiempo de adición a la calidad de vida que llevan nuestros adultos mayores?

Me gustaría parar por un momento con el debate de actualidad, que nos pone a analizar de manera permanente y crítica lo que hacen los demás por nosotros y pensar en lo que nosotros estamos haciendo por los nuestros.

En nuestro país casi el 6% de la población tiene más de 65 años; unas 400 mil personas están en esa franja. Muchos de esos adultos están en refugios, asilos y albergues al cuidado de gente que en su vida conoció. Ver a los padres como una carga, a los abuelos como un estorbo, es desconocer lo que somos gracias a ellos.

Las excusas pueden ser varias: No alcanza la plata, tenemos muchos hijos por criar, que se hagan cargo los hermanos, la situación está difícil. Todo, absolutamente todo es real, pero nada justifica el abandono. ¿Acaso nuestros padres dejaron de alimentarnos o de educarnos por falta de recursos? ¿Acaso nos dejaron abandonados en un basurero o al cuidado de desconocidos por no querer cambiarnos el pañal o darnos de comer?

Algunos podrán responder que sí. De hecho hay muchas historias vinculadas al abandono de los padres, pero no representa la mayoría. En la mayor cantidad de casos nuestros padres dejaron todo de lado por darnos una salud, alimentación y educación digna.

¿Es justo verlos como una carga cuando son ellos los que nos necesitan? ¿Es digno honrar esos últimos años de vida dejando que sus historias sean compartidas por desconocidos y no retribuirlas nosotros, aunque nos cueste? El estado entrega un subsidio a adultos en situación de pobreza, pero no es solo eso lo que necesitan. No existe dinero en el mundo que pueda reemplazar el afecto de un hijo.