Por Hugo Barrios @Huguelli En el colectivo y desde la ventanilla se veía a muchos con latitas en la mano, rindiéndose a ese sabor cómplice de la cerveza. Algunos lo hacían riendo, otros con la mirada zombie. Era sábado por la noche, el horario ideal para beber los sorbos de la infaltable y refrescante compañera de “los perros”.
A bordo del “Ypacaraí” todo marchaba normal. Un par de chicas con abundante maquillaje y adolescentes con el peinado a lo Cristiano Ronaldo hacían bromas. El chofer pisaba cada vez más fuerte el acelerador a medida que en su radio sonaban los “Beatles de la cachaca”, una agrupación que de tanto en tanto visita nuestro país para contar que ya llegó “Sergio, el bailador”.
Al alcanzar la sede de la Municipalidad de Fernando de la Mora, una joven con un bebé en brazos subió al micro. Asiento por asiento, fue dejando algunas figuras que no alcancé aún a descifrar. Yo, como de costumbre, me senté donde está el veneno: en la cola.
A medida que la mamá avanzaba en su recorrido, la criatura rompía un llanto cada vez más desesperante. Cuando la mujer se acercó a mí, noté que lo que estaba repartiendo eran estampas de santos. A mí me tocó la de San Isidro. Al dorso tenía una plegaria que no leí y una hebilla envuelta en polietileno.
Cuando la escena del pequeño llorando no terminaba de noquearme, me percaté de que junto a la pareja estaba otro niño. No habrá tenido más de tres años. Al igual que su hermano, lloraba sin cesar. Mientras los pasajeros pagaban a la mamá por las imágenes, el llanto del bebé fue desapareciendo.
Lo que tenía era hambre y la muchacha entonces la amamantó. Con un brazo, la joven sostenía al pequeño y con el otro sujetaba una bolsa de hule que dejaba ver ropitas y pañales. Los tres se bajaron a las pocas cuadras, entre la protesta por el mayor de los nenes. Se perdieron entre la multitud.
La calle es cruel muchas veces. Episodios como éste casi siempre reciben como respuesta la indiferencia. Lo que me pregunté al verlos es simplemente esto: ¿por qué? Ya tú sabes.