@feryirobles Mientras algunos tuvimos la suerte de estar en una acobijada cuna, abrazados a mamá, otros, apenas salidos del vientre conocieron la soledad, el frío y la humedad, implorando tal vez encontrar ese estremecedor abrazo de una madre que los rescate de la intemperie.
Esta semana, una hermosa niña recién nacida de piel blanca ruborizada, amanecía en la carrocería de una camioneta en Isla Pucú, departamento de Coordillera. Su desconsolado y vigoroso llanto dio el llamado de alerta a su suerte, al milagro, o a unos superhéroes. Como sea que haya sido, una pareja de la zona encontró a la pequeña y la llevó hasta un centro asistencial.
Esta historia es tan solo una más de las tantas que llegan a las salas de neonatología en varios hospitales del país. Cada año, son decenas de niños y niñas que llegan sumidos en la soledad, luego de ser abandonados al nacer, por diversas razones relacionadas con el desapego del embarazo. Algunos ni siquiera lograron vivir.
En estos días también conocía la historia de los llamados “Angelitos de Cateura”. Sus pequeños cuerpos fueron tirados entre la basura luego de haber sido asesinados por sus madres. Con el tiempo, mujeres recicladoras del vertedero se hicieron madres de cada uno de ellos. Se ocuparon de despedirlos dignamente y de recordar la fecha de su nacimiento con festejos para todos los niños de la zona.
Crecimos con la idea de que las mujeres nacimos para ser madres, y si bien muchas no saben afrontarlo, creo firmemente que llevamos en el alma la capacidad de serlo. En este día de las madres, debemos honrar a muchas que lo son, sin haber parido a niños.
A las que dieron a luz, a las que como Celia, salvaron la vida de algún bebé, a las médicas que los cuidan, la recicladora de Cateura que se ocupó de velarlos y recordarlos en la fecha de su muerte, y las miles de mujeres que adoptaron con el único propósito de darles amor. A todas las madres, gracias por ese amor incondicional.