@santula Innumerables son los viajes que hicimos con AAM a lo largo de todos estos 8 años; historias, testimonios y retratos de las comunidades más olvidadas de nuestro país. Al conocer estas historias desde afuera de la cabina y desde el relato, la vivencia y la realidad misma nos acercaron bastante a la verdad, más allá de la que cada uno sostiene.
Esta vez nos tocó viajar a Caazapá, un departamento que según el último boletín de pobreza basado en la Encuesta Permanente de Hogares es el más pobre con 47.89% de pobres y 33.54% de pobres extremos; en otras palabras gente mal nutrida que muchas veces no tiene qué comer. Llegamos hasta una localidad llamada Tava’i luego de recorrer 100 kilómetros desde Caazapá y otros 86 kilómetros, pero ya en camino de tierra. Ingresar o salir de ahí luego de un poco de lluvia es imposible, escucharlos y ver cómo viven, impacta.
Hablar de pobreza en general golpea, pero la rural, realmente duele. En ocasiones hay gente que pasa el día sin comer para que sus hijos puedan alimentarse al menos con mandioca y sal, los cultivos ya no son una salida porque los químicos que necesitan para el algodón son muy caros y al final todo lo que ingresa por la venta va a parar a pagar los préstamos. Además de todo eso, la salida de los productos se hace imposible por las condiciones de los caminos.
Hablar de familias constituidas es una utopía, porque el hombre y la mujer deben salir por al menos un mes para ir a trabajar en casas ajenas, aspirando a un máximo de 600.000 guaraníes de salario, mientras los chicos quedan a cargo del hermano mayor o con suerte de la abuela, que finalmente, con su pensión para adultos mayores en muchos casos termina siendo el sostén de la casa.
Abordar la pobreza sin entender cómo viven es el primer paso para que los prejuicios terminen colaborando en nuestras conclusiones. No podemos pretender formar una sociedad más justa y equitativa sin conocer las necesidades del campo. El campo también existe y pide a gritos un auxilio para salir del aislamiento en pleno 2016.