Por Hugo Barrios @Huguelli Pese a lo fastidioso que puede llegar a ser, viajar en colectivo también tiene sus ventajas. La principal, a mi entender, es que permite un espacio para la reflexión. Uno puede analizar los proyectos, dilemas, embrollos e ideas mientras la mole con ruedas jadea cuadra a cuadra, metro a metro.
Esto, sin preocuparse por lidiar con el tráfico como automovilista porque tenés chofer y todo. En los micros uno palpa mucho de la realidad del país. Vive en carne propia el sufrimiento del pueblo, el ingenio del paraguayo por llevar el pan a su casa al anochecer.
Una vez, un amigo me dijo: “Ponéte a contar cuántos vendedores ambulantes se suben al micro desde que te subís hasta que te bajás”. Se me prendió la lamparita. Hice el ejercicio y resultó de lo más interesante. De San Lorenzo a Lambaré, contabilicé ayer 27 vendedores. Sí, 27. Son 27 familias, 27 mundos. Todos batallando en el refugio del comercio informal y hasta ilegal, porque abundan los productos de contrabando.
Claro, en Paraguay este flagelo está tan arraigado que ya forma parte de su folclore. No nos sonrojamos si compramos aceites o jabón en polvo que ingresan al país sin que se abone un níquel en concepto de impuesto.
Abordar un ómnibus te permite tratar de entender por qué muchos no son civilizados. Es moneda corriente arrojar botellas desde la ventanilla, no dar asiento a embarazadas o ancianos, hacerse el dormido para “reservar” el asiento y muchos otros, etcétera. Pero pese a todo, hay gente amable y cordial en los colectivos. Personas a quienes no conocés y resultan más agradables que muchas de nuestro propio entorno. No te hablan, pero con simples gestos como una sonrisa te transmiten por un instante esa tan necesaria energía positiva.
Viajar en micro también te permite conversar imaginariamente con esa persona amada que quisieras que esté sentada ahí a tu lado y decirle que no hay compañía más mágica que la suya. Por eso creo que andar en micro, viéndolo así, no es tan malo. Ya tú sabes.