La isla volvió a quedarse a oscuras. Cuba sufrió un nuevo colapso de su red eléctrica nacional, el sexto en apenas año y medio, que dejó a unos 10 millones de personas sin luz y volvió a poner en primer plano una crisis energética que ya desborda lo técnico y entra de lleno en lo político.
La red arrastra problemas estructurales, equipos envejecidos y una falta crónica de inversión. A eso se suma un factor externo clave: la presión de Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, que ha endurecido las sanciones y limitado el acceso de la isla al combustible.
El apagón no llegó solo. Durante el fin de semana previo se registraron protestas inusuales, con episodios de violencia y al menos cinco detenidos, reflejo de un malestar social que crece al ritmo de los cortes eléctricos, la escasez de combustible y el freno de la economía.
Desde la Casa Blanca, Trump elevó el tono. Aseguró que podría alcanzarse pronto un acuerdo con La Habana, aunque dejó claro que su prioridad sigue siendo Irán. Incluso deslizó declaraciones polémicas sobre el futuro del gobierno de Miguel Díaz-Canel, al que considera debilitado.
El presi yanqui declaró que “puede liberarla o tomarla” y “hacer lo que quiera”, con la isla, pero insistió en que primero, Irán.
Hendy en la isla
Mientras tanto, otro motor económico se apaga: el turismo. La ocupación hotelera cayó a menos del 19%, los ingresos retrocedieron y la llegada de visitantes extranjeros se desplomó a niveles no vistos en dos décadas, fuera de la pandemia.
La Habana busca algo de oxígeno económico, por lo que el gobierno anunció que permitirá a cubanos residentes en el exterior invertir en empresas privadas dentro del país, una apertura inédita desde su independencia, que apunta a captar divisas y reactivar sectores clave como energía, turismo e infraestructura.