Hace tres años decidimos vivir juntos. Pensé que lo más difícil sería aprender a compartir la rutina, los horarios o las manías. Nunca imaginé que terminaría aprendiendo a caminar de costado para no tropezar con montañas de cosas.
Al principio eran detalles. Una taza nueva de vez en cuando, una bolsa con ropa que “algún día” iba a ordenar, un par de frazadas extras porque “nunca están de más”. Después llegaron las cajas, los vasos de plástico, incluso los usados, las bolsas con envases vacíos y una colección interminable de tazas que ya no entran en el mueble de la cocina.
Nuestra casa dejó de sentirse como un hogar. El sillón casi siempre está cubierto de ropa. La mesa del comedor desapareció bajo pilas de objetos. Para abrir el ropero, literalmente, hay que empujar con fuerza y rezar para que nada se caiga.
Lo que más me desespera son los vasos. Encuentro vasos descartables en la mesa de luz, en la cocina, debajo de la cama. Algunos todavía tienen restos de café o gaseosa. Cuando le pregunto por qué no los tira, siempre responde lo mismo: “Pueden servir”.
Esa frase explica toda nuestra vida.
“Todo puede servir. Todo merece quedarse”.
Yo, en cambio, siento que cada cosa que entra nos quita un poco de espacio para vivir.
Ya no invito amigos. Me da vergüenza abrir la puerta. Invento excusas porque sé que tendrán que mover cajas para sentarse. Discutimos cada vez más.
Ella promete ordenar, empieza y, después ya vuelve a guardar casi todo. Es como si despedirse de un objeto le doliera demasiado.
Hace unos días tropecé con una bolsa llena de frazadas y caí al piso. Me golpeé fuerte. Mientras intentaba levantarme, lo primero que preguntó fue si se había roto algo. No hablaba de mí. Hablaba de las cosas.
Me dio rabia, pero cuando le vi llorar entendí que tampoco ella estaba bien.
No acumula por capricho. Acumula porque siente que cada taza, cada prenda o cada vaso guarda un recuerdo que no quiere perder.
Y aunque le sigo amando. Eso no cambió. Pero estoy cansado de vivir esquivando objetos cuando lo único que quiero es volver a encontrar el camino hasta ella.
Esta semana me mudé de casa. Intenté de todo, pero no cambia. Si llegamos a tener hijos creo que será peor, porque va querer guardar ¡hasta el pañal usado! Le dije que le doy un tiempo para que piense y tenga fuerza de voluntad para vaciarme esa casa de sus cosas. No sé cómo ayudarle, pero tampoco sé cómo ayudarme a mí, estoy sobrecargado de todo. ¿Qué le pasa a esa gente que junta cosas?
La respuesta
Lo que le pasa a tu pareja no es simplemente que “le cuesta ordenar”. En muchos casos, acumular objetos puede estar relacionado con un trastorno de acumulación, donde deshacerse de las cosas genera una ansiedad muy intensa porque sienten que cada objeto tiene un valor emocional. Tirar todo de golpe tampoco suele ser la solución, porque puede aumentar su angustia. Es válido también que pongas límites para cuidar tu bienestar. Darle un tiempo para que busque ayuda y muestre un compromiso real con el cambio es una decisión comprensible. Mi consejo es que la animes a iniciar terapia psicológica y, si es posible, que también tengan algunas sesiones de pareja.