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Sueños perdidos de diciembre

"A pesar de que las cigarras no lo dejan dormir las calurosas siestas, diciembre sigue siendo su mes favorito"

Tania Sosa CanizaPor Tania Sosa Caniza

Apolonio, con sus 73 años encima, todavía siente cosquillitas cuando llega diciembre. Durante todo el año con sus compañeros hacen manualidades con hojas de colores. A veces le aburre porque le parece tonto, otras ríe porque Jorge, que es un poco menor que él, hace al menos cuatro veces la misma pregunta a las enfermeras que lo cuidan.

Pero cuando llega fin de año, los niños de la comunidad se acercan más a menudo. En la cocina se apilan panes dulces tan blanditos que no le molesta el paladar al masticar.

El viejo pasillo se baldea casi todos los días y, sin ser muy metiche, escucha hablar con alegría a las enfermeras de sus viajes al interior para visitar a sus parientes.

A Apolonio, viejito y cansado, le gusta recordar que cada 24 de diciembre dejaba su azada y su machete poco antes de mediodía y tenía la misión de juntar leña para calentar el tatakua. Un día antes, ya habían desollado a un par de gallinas para la cena de Navidad. Y sonríe, pero en su corazón hay agujeritos. Ya no sabe nada de Marcos, su hijo mayor. La última vez que supo de él fue en el Día del Padre, hace tres años, casi un mes después de haberlo llevado al hogar de ancianos.

A pesar de que las cigarras no lo dejan dormir las calurosas siestas, diciembre sigue siendo su mes favorito a la espera de que Marquitos llegue, con aunque sea una sonrisa. Una oportunidad más para soñar que algún día, algún 24 de diciembre puedan compartir juntos en una mesa.

Capaz Marcos se olvidó de su papá. Pero el viejo y cansado abuelo no. Seguirá meciéndose en las patas traseras de su silla de madera, mirando la calle, soñando despierto.

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