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Sentir la tierra con los pies

En los hospitales de las pequeñas ciudades no cuentan con especialidades básicas.

La doctora, que no tiene más herramientas que sus conocimientos, se encarga de decirle a la abuela que nada puede hacer por ella. En ese nosocomio, no cuentan con máquinas para realizarse estudios, no tienen especialistas, mucho menos medicamentos.

La doctora no tiene más que dar posibles diagnósticos y mucha fuerza a sus pacientes. Se siente frustrada. La abuela ya no tiene ganas de seguir batallando por su vida, ha pasado por eso durante tanto tiempo, nada mejoró con el correr de los años.

La abue estuvo casada con un colorado fanático, trabajaba con los políticos de turno. Gracias a esto, tenía trabajitos. El abuelo murió enfermo y pobre. La doña nunca vistió una prenda que no fuese azul, con el tiempo, dejó los trapos, los tiró junto a sus esperanzas. Ahora atravesaba nuevamente, todo lo que vivió con su esposo. Pasando horas parada, sentada, estirando las piernas adoloridas, en colectivos de larga distancia, que cobran lo que se les antoja, porque nadie los controla.

El político no sabe la necesidad que se vive. Lo escucha por la radio, lo lee en las redes, lo ve en los noticieros. Pero no sabe lo que se siente. Congresistas y ministros no tienen idea de cuál es la situación en los hospitales. No tienen idea que enfermeros de centros de salud deben hacer de parteros, de cirujanos, para salvar la vida de un paciente, a falta de un hospital, a falta de ambulancia para trasladarlos a un sitio apto.

Desde sus sillones de cuero y madera maciza, tomando su café, en pequeñas tazas blancas, con el dedo meñique estirado, ven en Facebook el video de una niña llorando, rogando por un medicamento que le mantendrá viva. No saben ni lo que sufren sus compueblanos. Para conocer la agonía de depender de la salud pública, deberían de bajar de sus nubes y sentir la tierra en sus pies. Pero no lo hacen porque temen que el hoyo los trague y los vuelva a escupir.

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