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Pobreza feminizada

La principal lucha de las mujeres es alcanzar la igualdad en todas las esferas de la sociedad, pero el camino que debemos recorrer hacia esa igualdad es largo y muy accidentado, ya que en ese trayecto debemos ir reparando muchas brechas.

Una de las principales brechas es el de la pobreza, que está claramente feminizada: mientras que el 12,5% de los hombres de América Latina no tiene ingresos propios, entre las mujeres esa cifra asciende al 29%. Y estas diferencias se acentúan más aún en contextos rural. ¿Qué quiere decir esto? Que ese 29% de mujeres pobres probablemente dependen económicamente de un hombre y esta dependencia las vuelve más vulnerables a sufrir violencia física y abusos, una de las principales razones de la feminización de la pobreza es el trabajo no remunerado, o sea el trabajo doméstico.

La pobreza femenina a su vez se traduce en falta de formación académica y así se convierte en un círculo vicioso de desigualdad que nunca acaba.

La división sexual del trabajo establece una serie de roles y mandatos sociales, políticos y económicos para hombres y otros para mujeres. Como resultado se otorga a los hombres la responsabilidad de ser los proveedores económicos de su familiar, mientras que a las mujeres se les da la responsabilidad del cuidado y crianza. Este engranaje de desigualdad se completa cuando además, las tareas que realizan los hombres se sobrevaloran y se desvalorizan las que realizan las mujeres.

Y mientras el hombre sale a formarse académicamente, ganar más dinero, la mujer se queda en su casa sin educación y sometida económicamente.

Pero esto no cambia si es que la mujer sale a trabajar, ya que el mundo del trabajo está atravesado por esta lógica de la división sexual del trabajo, muchas veces se establecen salarios diferentes para la misma tarea si es realizada por un hombre o por una mujer.

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